viernes, 20 de noviembre de 2009

Entrega trabajo final, última fecha

Lunes 30 de noviembre hasta las 5 pm.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Archivos: Memoria e Historia

El Correo de la Unesco

2009 - número 9
Memoria e historia

Desde las dictaduras atroces del Cono Sur de América Latina, la República Dominicana y Camboya hasta la exterminación del reino de los burgundos, pasando por la “Ilustración” coreana, los fastos y secretos del reino malgache, la saga de los bosquimanos del Kalahari y el fracaso constructivo de la Sociedad de Naciones, la memoria y la historia se abren camino en los artículos de este número para revelarnos la extraordinaria riqueza del patrimonio documental de la humanidad.

Este número se ha elaborado en colaboración con el Programa Memoria del Mundo de la UNESCO.

http://portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=46267&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html

jueves, 12 de noviembre de 2009

Historia de la ciencia

Barry Barnes y David Bloor. Relativismo, racionalismo y la sociología del conocimiento. Revista Fin de Siglo, No. 3, mayo-junio de 1992, p. 53-64.


Barry Barnes y David Bloor. Los estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad. Una panorámica general (libro completo)
http://www.monografias.com/trabajos43/ciencia-tecnologia-sociedad/ciencia-tecnologia-sociedad.shtml

Capítulo 2 del libro de Barnes y Bloor.
http://www.monografias.com/trabajos43/ciencia-tecnologia-sociedad/ciencia-tecnologia-sociedad2.shtml

2. La Nueva Sociología de la Ciencia

De entre todas las disciplinas anteriormente mencionadas, ha sido la sociología de la ciencia, y muy en particular la Nueva Sociología de la Ciencia, la que ha contribuido de forma más decisiva al rápido crecimiento de los estudios Ciencia, Tecnología y Sociedad en los últimos años, al menos en Europa. Dedicaremos por ello unos párrafos a exponer sus intereses principales.

Los intentos de analizar las causas sociales del conocimiento pueden retrotraerse al siglo XIX, con la obra de Marx, y más tarde con Émile Durkheim, Max Scheler y especialmente Karl Mannheim. No obstante, y aunque esto podría ser matizado en alguno de ellos, el conocimiento científico fue considerado en general por estos autores como un caso aparte que escapaba a los condicionamientos externos de otras creencias humanas; un modo privilegiado de saber que encontraba explicación suficiente en su racionalidad y su verdad. Algunos autores marxistas, como Boris Hessen y John D. Bernal, intentaron ya en la década de los 30 que la ciencia dejara de ser una excepción en lo que a su posibilidad de análisis social ser refiere. También en ella los factores sociales debían cobrar la importancia que merecían a la hora de explicar su origen y desarrollo. Sus esfuerzos, sin embargo, encontraron entonces muy poco eco.

Pese a estos trabajos iniciales, la sociología de la ciencia no adquiere carta de naturaleza hasta la aparición de los trabajos de Robert K. Merton y su escuela de Columbia en la década de los 40. Estos trabajos se centraron en el estudio de la organización institucional de la ciencia, del modo en que ésta regula su sistema de recompensas, del reparto de papeles y de recursos dentro de las instituciones científicas y de cómo ello contribuye a promover u obstaculizar el conocimiento, de las disputas sobre prioridades en los descubrimientos, y en especial, del sistema normativo que da estructura a la ciencia como institución social. La sociología de la ciencia de la escuela mertoniana, sin embargo, no desarrolló –aunque reconoció– la posibilidad de analizar y explicar desde un punto de vista estrictamente sociológico los contenidos mismos de las teorías científicas, en lo que se refiere a su producción y su validez. Es decir, se trató sobre todo de una sociología de la ciencia, e incluso de una mera sociología de los científicos, más que de una auténtica sociología del conocimiento científico con pretensiones epistemológicas. Estas pretensiones debían ser evitadas, según Merton. El conocimiento científico fue tratado por esta sociología como una caja negra en cuyo interior el sociólogo no debía mirar (cf. Lamo de Espinosa et al. 1994, cap. 19 y Woolgar 1991).

Su propuesta más notoria aparece claramente expresada en el trabajo de 1942 titulado más tarde "La estructura normativa de la ciencia". En él señala cuatro normas o valores principales (suelen abreviarse como CUDOS, por sus iniciales en inglés), a la vez morales y técnicos, que serían ampliamente compartidos dentro de la comunidad científica. Esta aceptación general no obedecería sólo a su conveniencia para conseguir ciertos fines cognoscitivos, sino a que se los considera como "correctos y buenos" en sí mismos. Dichas normas o valores caracterizarían el ethos de la ciencia, y constituirían el fundamento de la objetividad lograda en el conocimiento científico (Merton 1942/1977). Son los siguientes:

Universalismo: "Las pretensiones a la verdad, cualquiera que sea su fuente, deben ser sometidas a criterios impersonales preestablecidos: la consonancia con la observación y con el conocimiento anteriormente confirmado. La aceptación o el rechazo de las pretensiones a figurar en las nóminas de la ciencia no debe depender de los atributos personales o sociales de su protagonista; su raza, nacionalidad, religión, clase y cualidades personales son, como tales, irrelevantes". (p. 359).

Comunismo o comunalismo: "Los hallazgos de la ciencia son un producto de la colaboración social y son asignados a la comunidad. Constituyen una herencia común en la cual el derecho del productor individual es severamente limitado". (pp. 362-3). Dado que el reconocimiento y la estima son los únicos derechos de propiedad del científico, "la preocupación por la prioridad científica se convierte en la respuesta ‘normal’". Además, este comunismo ha de venir propiciado por el "imperativo de la comunicación de los hallazgos". Por eso, el secreto es algo opuesto a esta norma. El ethos de la ciencia choca, pues, con la concepción capitalista de la ciencia y la tecnología como propiedad privada (patentes).

Desinterés: No debe ser confundido con el altruismo, es decir, con la idea de que los científicos no busquen algún tipo de beneficio propio. Se trata simplemente de que los motivos e intereses particulares no deben intervenir a la hora de juzgar las investigaciones.

Escepticismo organizado: Es la suspensión temporal del juicio acerca de los resultados de la investigación hasta que no se hayan efectuados los correspondientes exámenes independientes empíricos y lógicos.

Posteriormente Merton añade la originalidad, esto es, la exigencia de novedad en los resultados públicos de las investigaciones.

No podemos entrar aquí en la discusión que generó la propuesta de estas normas como constitutivas del ethos científico. Los críticos pusieron en cuestión que pudieran explicar realmente el comportamiento de los científicos. Podían encontrarse casos diversos de incumplimiento de cada una de ellas. E incluso se afirmó que las normas contrarias a las citadas podían tener un efecto positivo para el progreso de la ciencia (cf. Lamo de Espinosa et al. 1994, pp. 470 y ss. y Iranzo y Blanco 1999, pp. 121 y ss.). En esta línea de críticas, el sociólogo John Ziman ha sostenido que el trabajo científico actual, realizado habitualmente en el marco de proyectos I+D, ha dejado de ser un trabajo individualizado para pasar a ser fundamentalmente corporativo, y ello ha provocado que las normas predominantes hoy sean las contrarias a las que Merton señalaba.

El ethos actual de la ciencia no sería CUDOS, sino PLACE. Es decir el trabajo científico en los grandes laboratorios de investigación estaría dominado por el derecho a la Propiedad intelectual, el Localismo, el Autoritarismo, la investigación Comisionada o por encargo, y el papel del Experto. El conflicto entre ambos códigos normativos explicaría, según Ziman, muchos de los problemas que se plantean hoy en el desarrollo de una carrera científica (cf. Ziman 1994, cap. 7).

No obstante, las críticas más profundas contra la sociología mertoniana, a la que se acusó no muy justamente de dejar fuera del análisis sociológico la génesis del contenido de las teorías y las hipótesis científicas, así como los procedimientos para su validación, se alzaron desde el enfoque promovido por David Bloor, Barry Barnes y Steven Shapin, de la Science Studies Unit de la Universidad de Edimburgo. Este nuevo enfoque tuvo entre sus fuentes de inspiración muchas de las ideas expuestas por Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, aunque llevándolas a un extremo que el propio Kuhn rechazó. David Bloor caracterizó de forma programática en 1976 lo que se conoce como el ‘Programa Fuerte’ en sociología de la ciencia, y que hasta el momento constituye la propuesta más difundida y articulada dentro de la que sería una sociología del conocimiento científico.

El Programa Fuerte es un programa completamente naturalista y externalista. Es naturalista porque pretende ser un estudio científico y empírico de la propia ciencia. Se presenta, pues, como una ciencia de la ciencia. Es además externalista porque, si bien Bloor reconoce la intervención de causas no sociales en la producción del conocimiento –y en esto es más moderado que sus sucesores–, en todo caso se trata siempre de causas "externas", es decir, distintas de la argumentación lógica y la relación de las teorías con la evidencia empírica. El estudio de Steven Shapin sobre la frenología puede servir como ilustración de este externalismo. Shapin argumenta que la clase social fue determinante en las posiciones defendidas acerca de la frenología en las primeras décadas del siglo XIX en Escocia. Los defensores provenían de la clase media emergente y veían en ella un instrumento para reformas sociales progresistas, mientras que sus detractores provenían de clases altas. El debate técnico era, según Shapin, inseparable del conflicto social entre clases. (Cf. Shapin 1975).

Estas dos características, su naturalismo radical y su externalismo, hacen que las propuestas realizadas desde la filosofía de la ciencia sean consideradas no ya como erróneas sino como irrelevantes por completo. Sencillamente, si se acepta el enfoque del Programa Fuerte, la filosofía de la ciencia carece de sentido como disciplina. La ciencia ha de ser estudiada científicamente, lo cual significa sociológicamente. Mantener todavía la vigencia de la filosofía de la ciencia sería tanto como mantener la vigencia de las especulaciones de la filosofía de la naturaleza una vez que ya se dispone de una física desarrollada.

Según el Programa Fuerte (cf. Bloor 1976/1991, p. 7), una explicación adecuada de la ciencia, y por tanto, la sociología de la ciencia, debe basarse en los siguientes principios:

1) Causalidad: Ha de interesarse por las causas que producen creencias o estados de conocimiento, aunque estas causas no tienen por qué ser sólo sociales. Bloor admite también causas psicológicas, biológicas, etc.

2) Imparcialidad: Ha de ser imparcial respecto a la verdad o falsedad, la racionalidad o irracionalidad, o al éxito o fracaso, de esos conocimientos. En todos esos casos cabe una explicación causal.

3) Simetría: Los mismos tipos de causas tienen que explicar las creencias verdaderas o falsas.

4. Reflexividad: Sus patrones explicativos han de poder aplicarse a la sociología misma.

En este punto se hace conveniente un comentario. Pese a lo que puede parecer, solo uno de estos cuatro principios, el de simetría, significa un verdadero desafío al enfoque racionalista de la ciencia. El principio de causalidad puede ser admitido por el racionalista siempre y cuando se acepte, cosa que Bloor no está dispuesto a hacer, que las razones son también un tipo de causas. Si se acepta esto, como hacen hoy bastantes filósofos (cf. Brown 1998), el principio de imparcialidad pude ser también admitido sin problemas. Por su parte, el principio de reflexividad es insoslayable si se quiere ser coherente. Ahora bien, para muchos racionalistas, este principio se puede convertir en una autorrefutación del Programa Fuerte. Laudan, por otra parte, ha cuestionado el carácter científico de estos principios (cf. Laudan 1996).

En cuanto al principio de simetría, lo que trata de desechar es la idea pretendidamente arraigada de que el sociólogo solo debe explicar las creencias falsas, porque son las que obedecen a factores sociales distorsionadores, pero no puede extender su análisis social a las verdaderas, dado que éstas son aceptadas simplemente por su verdad. Es decir, a lo que se opone es a lo que Laudan llama ‘Supuesto de Arracionalidad’, implícito en la concepción filosófica tradicional de la ciencia (cf. Laudan 1977, p. 202). Según tal principio, las explicaciones sociológicas tienen cabida únicamente cuando no es posible dar una explicación acudiendo a la racionalidad de las creencias científicas. Sólo cabría, pues, una sociología del error. Algo, sin embargo, que ya había sido rechazado el propio Merton.

Hay aspectos innegables –y que pocos filósofos rechazarían– en lo que el principio de simetría implica: la verdad no se explica por sí misma, o dicho de otro modo, para explicar los caminos por los cuales un individuo o un grupo de individuos ha llegado a sostener una creencia, no basta con decir que ésta es verdadera a los ojos del que intenta dicha explicación. Ni siquiera basta con decir que los individuos que la sostienen la consideran verdadera. Afirmar que la teoría cuántica es (aproximadamente) verdadera no explicaría en absoluto cómo llegó a ser aceptada por la comunidad científica o qué procesos intervinieron en su aceptación. En tal sentido, puede darse la razón a Woolgar en que la opinión que el sociólogo o el filósofo tenga de la verdad o falsedad de las creencias sustentadas por los científicos no debe modificar el tipo de explicación a dar en cada caso, atribuyendo unas a factores racionales y otras a factores sociales.

Ahora bien, no es tan claro que pueda extenderse esto a la opinión sobre la racionalidad o irracionalidad de las mismas, como Bloor pretende. Una creencia considerada como completamente irracional por el investigador, como la de alguien que crea que todo el mundo conspira contra él cuando se da la vuelta, probablemente solo puede ser explicada acudiendo a la locura. Sin embargo, la locura no puede ser una explicación satisfactoria de creencias consideradas racionales, como mi creencia en que ha llovido si veo el suelo mojado. Si no excluimos de antemano las razones como causas capaces de explicar ciertas creencias, podríamos decir, en contra del principio de simetría, que las creencias racionales serían simplemente aquellas que pueden ser explicadas mediante razones y las irracionales las que no pueden serlo.

Y en efecto, no hay por qué reducir los factores explicativos a causas puramente sociales, ni siquiera a causas "externas". Las razones también pueden ser causas de nuestras creencias. La reducción de las causas de éstas a factores "externos" de tipo social, económico, etc. es, como señala Niiniluoto, un añadido que no se sigue de los cuatro principios del Programa Fuerte. Ahora bien, una vez que se reconoce que las razones pueden ser causas de nuestras creencias, hasta un internalista podría asumir la aplicabilidad de los cuatro principios del Programa Fuerte al estudio de la ciencia. Bastaría con que creyera que las creencias científicas son racionales y pueden ser explicadas siempre acudiendo a razones. Hay, finalmente, como base de estas dificultades, una ambigüedad (que Bloor no solventa) en la expresión ‘el mismo tipo de causas’, empleada en la formulación del principio de simetría. A lo que se añade la ausencia de una explicación detallada de cómo los intereses sociales causan las creencias individuales (cf. Niiniluoto 1999, cap. 9, Laudan 1996, cap. 10 y Brown 2001, cap. 6).

El Programa Fuerte en sociología de la ciencia abrió las puertas a nuevas propuestas, cada vez más radicales, comprometidas todas ellas con el supuesto de que el contenido y la aceptación de la validez del conocimiento científico eran analizables mediante recursos estrictamente sociológicos. Solo que ahora, a diferencia de lo que se hacía en el Programa Fuerte, los factores sociales no estarán influyendo desde fuera, sino que son inseparables de los cognitivos, impregnando a la ciencia desde dentro en todas sus manifestaciones. El contexto social exterior al laboratorio no es el que debe ser tenido principalmente en cuenta, sino el que se da dentro del propio laboratorio durante el desarrollo cotidiano del trabajo de investigación. Será, pues, el enfoque microsociológico el más adecuado para su estudio. Esos factores, además, se considerarán como determinantes de la construcción de los hechos y de las teorías por parte de los científicos, y no como meros causantes de ciertas creencias. Dicho de otro modo, no es que los intereses sociales influyan en la ciencia, es que la ciencia misma es una construcción social, como pueda serlo el mito o la magia. La ciencia carece de cualquier privilegio epistémico.

De entre estas nuevas propuestas han tenido particular repercusión las realizadas a partir de estudios etnográficos del trabajo en los laboratorios. Y a su vez, la obra clave en este campo ha sido Laboratory Life, de Bruno Latour y Steve Woolgar, publicada en 1979 (la otra gran obra, que no comentaremos, es The Manufacture of Knowledge, de Karin Knorr-Cetina, publicada en 1981).

El propósito de Latour y Woolgar, tal como lo exponen ellos mismos al comienzo de su obra, es estudiar a los científicos que trabajan en un laboratorio del mismo modo que un antropólogo estudiaría una tribu de Costa de Marfil, es decir, escrutando cuaderno en mano sus "rituales" y sus " mitos". Para ello eligieron al equipo de investigadores que dirigía Roger Guillemin en el Salk Institute for Biological Studies de Texas. Su trabajo de campo duró desde el 1975 a 1977. Se da la circunstancia además de que Guillemin obtuvo en 1977 el premio Nobel por haber realizado la investigación que describen Latour y Woolgar, a saber, la determinación de la estructura molecular de la hormona de liberación de la tirotropina.

Latour y Woolgar argumentan que un hecho científico (como que la estructura del factor (u hormona) liberador de la tirotropina (TRF o mejor TRH) es Piro-Glu-His-Pro-NH 2) y, en general, lo que cuenta como realidad para la ciencia es el resultado de una construcción social en los laboratorios. Son las negociaciones entre los científicos las que hacen que algo sea un hecho, las que constituyen el objeto mismo. ("Afirmamos que el TRF es completamente una construcción social" (Latour y Woolgar (1986), p. 152). Con esto no están diciendo que la ciencia sea un fraude, ni pretenden negar que los hechos científicos sean hechos sólidos y fiables. En esto el constructivista social sería tan firme como el positivista, con el que comparte más de lo que parece. Lo que sucede es que los hechos y la realidad no pueden ser aducidos para explicar por qué los científicos resuelven sus controversias. Y la razón es que la realidad externa es la consecuencia y no la causa del trabajo científico; los hechos son el producto y no el desencadenante de la controversia misma (cf. pp. 181-182). La realidad se define precisamente como el conjunto de enunciados que es demasiado costoso modificar (cf. p. 243). (Para una crítica de los argumentos de Latour y Woolgar en Laboratory Life, véase Brown 2001, pp. 137-141).

Estas tesis dejan ver claramente por qué se denomina ‘constructivismo social’ a las ultimas tendencias en sociología de la ciencia. En obras posteriores, Woolgar ha reforzado este constructivismo social de carácter idealista, según el cual "la representación da lugar al objeto" (cf. Woolgar 1991, p. 99). Latour, por su parte, ha propuesto no privilegiar el polo social sobre el natural. Ampliando el principio de simetría, cree ahora frente al Programa Fuerte que, en lugar de explicar lo natural por lo social, habría que explicar lo natural y lo social en los mismos términos y a partir de los mismos procesos (cf. Latour 1992 y 1993). Este constructivismo generalizado, que incluye tanto a la naturaleza como a la sociedad como objetos construidos en inseparable amalgama (cuasiobjetos, en terminología de Michel Serrés), es, según Latour, más coherente que el constructivismo social, que se limita a ser constructivista con respecto al mundo natural pero es realista con respecto al social. No existiría tal separación entre el polo social y el polo natural, ambos se presentarían siempre en redes imbricadas y con ambos habría que contar para analizar el conocimiento científico. La reintroducción del polo natural, de los objetos no sociales, en el análisis no significaría, sin embargo, una vuelta a posiciones no sociologistas o no relativistas. Todo lo contrario, "[e]l occidental –escribe Latour– puede creer que la ley de la gravedad es universal [...] de la misma forma que los bimin-kuskumin de Nueva Guinea pueden creer que ellos son la humanidad entera, pero éstas son creencias respetables que la antropología comparada ya no está obligada a compartir." (Latour 1993, p. 176).

En una línea también constructivista, merece la pena mencionar los estudios sobre el cierre de controversias científicas, realizados entre otros por Harry Collins, de la Universidad de Bath ( Inglaterra), y Trevor Pinch, de la Universidad de Cornell (EEUU). La idea central que inspira estos estudios aparece recogida en el Empirical Programme of Relativism (EPOR), propuesto por Collins. En este enfoque, al menos como planteamiento metodológico "el mundo natural no desempeña ningún papel, o uno muy pequeño, en la construcción del conocimiento científico" (Collins 1981, p. 3). Las controversias entre los científicos no acaban, pues, porque los hechos (o los experimentos) den la razón a unos y se la quiten a otros. Por el contrario, los hechos son los que el cierre de la controversia determina que son. Los datos empíricos, los resultados experimentales pueden ser interpretados de muy diversas maneras, de modo que nadie puede apelar a los hechos establecidos experimentalmente para dirimir la disputa. Lo que está en cuestión en la controversia es justamente cuáles son esos hechos, y hasta que no se ha cerrado la controversia en torno a una interpretación posible de los resultados no hay hechos unánimemente aceptados (v. g. la controversia sobre la fusión en frío, o sobre la detección de ondas gravitacionales, o sobre la detección de neutrinos solares. Cf. Collins y Pinch 1993). Dicho de otro modo, no se cree en una hipótesis científica porque ésta haya sido vista por todos como verdadera, sino que es verdadera porque todos han decidido creer en ella. Dada esta infradeterminación empírica de las controversias científicas, éstas se cierran mediante negociaciones en las que intervienen de forma determinante las circunstancias sociales en las que se sitúan los participantes en la controversia y el manejo que estos hagan de las mismas. La sociología de la ciencia debe realizar un análisis microsocial sobre los mecanismos concretos que se despliegan en las negociaciones y permiten decidir el cierre de las controversias. (Para una crítica de estas tesis es también útil Brown 2001 y Koertge (ed.), 1998).

Este rápido recorrido no nos permite hacer un balance justo de los logros y las debilidades que encierran todas estas propuestas, pero algo hemos de decir sobre ello, aun a riesgo de parecer demasiado expeditivos. Como resumen de lo que ha pretendido, y para muchos ha conseguido, la investigación de estos años en sociología de la ciencia pueden valer muy bien las siguientes palabras del sociólogo de la ciencia Sal Restivo:

Esta investigación ha puesto en cuestión, al menos, el carácter único de las racionalidades empleadas en la ciencia; ha sugerido al menos que la fiabilidad, la validez, la verdad y la objetividad son logradas en la ciencia (como institución social específica) del mismo modo en que son logradas en la actividad epistémica general en cualquier organización o cultura; y ha mostrado que el rigor no es una condición sine qua non de la ciencia: es parte del ciclo de la investigación, y puede coexistir en el mismo campo de investigación –e incluso en el mismo proyecto o dominio de problemas– con conceptos y métodos no rigurosos. Los estándares de rigor y de validez están histórica y culturalmente situados. Y a menudo el relajamiento en los cánones del rigor es una condición para resolver problemas intratables, para desarrollar nuevos enfoques con los que evitar los obstáculos, y, en general, para conseguir que se hagan las cosas. Generalmente, los estándares de rigor, validez, racionalidad, etc., son establecidos por, o están asociados con, la ortodoxia y la autoridad. Y no debemos olvidar el interés que los científicos tienen como profesionales –como trabajadores– en las estrategias demarcacionistas. Admitir que los científicos tienen intereses y objetivos ideológicos y profesionales, e ignorar estos factores en beneficio de algún tipo de modelo idealista de la investigación solo oculta las realidades sociales complejas que ligan el descubrimiento y la validación con cuestiones de estatus, poder y prestigio, que hacen que la "corrección" cognitiva sea dependiente del contexto, y que conectan las teorías, los métodos y la organización social. (Restivo 1997, p. 66).

Sin embargo, un problema general que presentan estos enfoques sociológicos, señalado repetidamente por filósofos e historiadores de la ciencia, es la falta de justificación científica (y no se olvide que la sociología de la ciencia quiere ser una ciencia de la ciencia) del supuesto principal del que se parte, a saber: que solo los factores sociales o externos bastan para dar cuenta del modo en que se desarrolla la investigación científica; o dicho de otro modo, que la evidencia empírica y las razones empleadas en la argumentación o son prescindibles o son reductibles en última instancia a fenómenos sociales. De la afirmación difícilmente contestable de que la ciencia es una institución social, se pasa, habitualmente, de forma inmediata y discutible, a la tesis de que "cualquier evaluación o crítica de la ciencia es una evaluación o crítica de relaciones sociales, de poder y control sociales, de las tensiones entre fuerzas sociales conservadoras y transformadoras, y de valores." (Restivo 1997, p. 69).

El finlandés Ilkka Niiniluoto ha expresado bien esta queja común a los racionalistas cuando escribe:

Cualquier marco comprensivo para los estudios sobre la ciencia debe reconocer que las opiniones de las comunidades científicas pueden depender de una variedad de diferentes tipos de factores –entre ellos las razones ‘internas’, los argumentos, los prejuicios, los errores, la comunicación persuasiva, e influencias sociales ‘externas’. El hecho de que los sujetos del conocimiento científico estén siempre socialmente situados no excluye su interacción con los objetos de conocimiento. [...] [L]a tarea de una teoría de la ciencia debería ser proporcionar un modelo plausible que mostrara dónde y cómo pueden jugar un papel en la práctica científica los factores externos. (Niiniluoto 1999, p. 259).
3. Ciencia y género

Dentro de los estudios sociales sobre la ciencia ocupa un lugar central la filosofía feminista de la ciencia o epistemología feminista. Algunos de los nombres más destacados en este campo son los de Sandra Harding, Donna Haraway, Helen Longino, Evelin Fox Keller y Lynn Hankinson Nelson.

Es notorio el hecho de que las mujeres no están aún adecuadamente integradas en la profesión científica. A pesar de que en los últimos años el número de mujeres que estudian alguna ciencia ha crecido paulatinamente y tiende a igualar al de los hombres, su representación en los puestos de relevancia profesional es todavía muy escasa.

En el caso español, por ejemplo, mientras que en el año 2000 el número de mujeres investigadoras que trabajaban en I+D rondaba el 33%, sólo el 4% de los catedráticos en ingenierías y en disciplinas tecnológicas eran mujeres y en ciencias de la salud no superaban el 9%. Y, con todo, la situación en España no es de las peores en Europa. Evidentemente, ésta ha sido una de las situaciones más denunciadas por el feminismo y uno de los temas analizados originalmente por la filosofía feminista de la ciencia. Pero en la actualidad sus pretensiones teóricas van mucho más allá de la mera denuncia sociológica de las barreras que encuentran las mujeres en su carrera científica y del intento de reparación de esta situación injustificable. La epistemología feminista asume que los valores no cognitivos o contextuales (en este caso los valores de género) influyen en el lenguaje de la ciencia, en las metáforas, en los problemas elegidos, en los métodos de investigación y de justificación de las teorías, en los fines perseguidos e incluso en el propio contenido de las teorías científicas.

Esto es particularmente claro, según sus tesis, en las ciencias sociales y en la biología, pero afecta a todas las ciencias. Las teorías científicas no son axiológicamente neutrales, sino que están cargadas de valores. Puesto que además están infradeterminadas por la evidencia empírica, es decir, puesto que los mismos hechos son compatibles con teorías diversas y no bastan para determinar la elección de una de ellas frente a las otras, estos valores de género –junto con otros valores contextuales– marcarán también las decisiones de los científicos a la hora de seleccionar teorías. No se trata, por tanto, (al menos desde los enfoques prevalecientes dentro de los estudios feministas) de que se haga ‘ciencia mala’ debido a prejuicios machistas que hay que corregir, sino que la ciencia tal como la conocemos, tanto la buena como la mala, ha estado y está impreganada por estos prejuicios propios del varón blanco de clase media, que es el que habitualmente la ha hecho. Dentro del feminismo se ha llegado a especular incluso con la posibilidad de una ciencia feminista, es decir, una ciencia distinta a la actual ciencia androcéntrica (cf. Longino 1987).

Una buena parte de la filosofía de la ciencia feminista ha centrado su atención en la comunidad científica como tal, contraponiéndose así al individualismo de la epistemología tradicional que se centraba en el científico como agente del conocimiento. La ciencia es vista como un conocimiento situado en un contexto social y cultural del que no puede sustraerse, y en ese contexto los valores androcéntricos son los predominantes. La ciencia, pues, ha sido practicada en concordancia con dichos valores, e incluso contribuye a mantenerlos, lo cual dificulta la incorporación de la mujer en ella.

Las aportaciones a la cultura que defiende la ciencia –escribe Harding– sólo pueden hacerse por yoes transhistóricos que reflejan una realidad de entidades exclusivamente abstractas; por una forma administrativa de interacción con la naturaleza y con otros investigadores; mediante formas impersonales y universales de comunicación, y con una ética de elaboración de reglas para adjudicaciones absolutas de derechos contrapuestos entre los elementos de prueba autónomos desde el punto de vista social (es decir, independientes de los valores). Éstas son exactamente las características sociales necesarias para llegar a generizarse como hombre en nuestra sociedad. (Harding 1996, p. 205).

Entre los apoyos aducidos en favor de estas tesis está el uso de ciertas metáforas e imágenes en la ciencia. El lenguaje, presente ya en Bacon, que subraya el carácter de la ciencia como poder dominador, que habla de forzar a la Naturaleza para arrancarle sus secretos, de descubrir el velo que la oculta, e incluso de esclavizarla, es un lenguaje que ha sido habitual en la historia de la ciencia y que encierra una carga sexista evidente. Sandra Harding llega a calificarlas como metáforas de violación y tortura, y, llevando las cosas a un extremo que le ha costado numerosas críticas, se pregunta por qué no iba a ser tan iluminador llamar a las leyes de Newton "manual de violación de Newton" como llamarlas "mecánica de Newton" (cf. Harding 1996, p. 100).

Pero no es sólo la retórica con la que se ha justificado a la ciencia en el pasado la que porta esa carga sexista. La ciencia actual sigue utilizando metáforas cargadas igualmente de prejuicios de género. Una de ellas es la metáfora de la reproducción que describe al espermatozoide como activo y luchador y al óvulo como receptor pasivo que se limita a ser transportado y a esperar la llegada del espermatozoide. Esta metáfora –de uso común según se nos dice en diversos textos de la epistemología feminista– revela un enfoque machista del proceso reproductivo, y además no se tiene ya en pié a pesar de que sigue siendo usada, puesto que ha sido desmentida por la propia investigación biológica. El complejo y activo papel que desempeña el óvulo en la fecundación e incluso en la guía del espermatozoide hasta él y en su fijación ha sido ya ampliamente establecido. Así expone Keller el asunto:

Consideremos […] los modos en que se ha representado el proceso de la fecundación biológica. Hace veinte años el proceso podía ser descrito eficaz y aceptablemente en términos evocadores del mito de la Bella Durmiente (por ejemplo, penetración, conquista y despertar del óvulo llevados a cabo por el espermatozoide) precisamente por la consonancia de esta imagen con los estereotipos sexuales prevalecientes […]. Hoy en día una metáfora diferente ha llegado a parecer más útil y claramente más aceptable: en los libros de texto contemporáneos es más probable que la fecundación aparezca descrita en el lenguaje de la igualdad de oportunidades (definida, por ejemplo, como "el proceso por el cual el óvulo y el espermatozoide se encuentran el uno al otro y se funden" […]). Lo que fue una metáfora socialmente eficaz hace veinte años, ha dejado de serlo, en gran medida gracias a la dramática transformación de las ideologías de género que ha tenido lugar en el ínterin. (Keller 1995, p. XII).

Desde posiciones críticas con la epistemología feminista se ha respondido que la metáfora del espermatozoide activo y el óvulo pasivo proviene de textos divulgativos y no se puede encontrar en publicaciones científicas de carácter profesional, ni siquiera en el pasado, ya que, de hecho, el papel activo del óvulo fue reconocido en dichas publicaciones desde los primeros estudios sobre la fecundación en las décadas iniciales del siglo XX (cf. Gross 1998). No obstante, lo cierto es que uno de los estudios iniciales del que proviene el ejemplo (Martin 1991) afirma estar basado en el análisis de diversos manuales de biología usados por los estudiantes de medicina de la Universidad Johns Hopkins en los Estados Unidos y cita también algún abstract científico.

Además de al lenguaje y a las metáforas, los prejuicios de género afectan en algunos casos al contenido mismo de las hipótesis que se proponen en la ciencia. Esto no las convierte necesariamente en falsas, pero sí que impide o dificulta la aparición y consideración detenida de hipótesis alternativas. Un ejemplo de ello muy citado también en la literatura feminista sería el de la hipótesis del "hombre-cazador" en antropología (cf. Longino 1990, cap. 6).

Según dicha hipótesis el desarrollo inicial de la tecnología estuvo basado en la fabricación de instrumentos para la caza por parte de nuestros ancestros machos. De ahí que el camino que tomó la evolución humana, como por ejemplo la disminución del tamaño de los dientes caninos debido a su menor importancia, la bipedestación como modo de mejorar la caza o el aumento de la inteligencia ligada a la habilidad manual, estuviera marcado por las actividades consideradas como propiamente masculinas. La presión selectiva se ejercía sobre la capacidad para desempeñar adecuadamente esas actividades.

Aunque su formulación explícita es de finales de los 60, la idea fue sostenida por el propio Darwin en el Origen de las especies. Sin embargo, esta hipótesis obedece a un estereotipo sexual que ha sido privilegiado tradicionalmente y que ha propiciado que no se tomen suficientemente en cuenta otras explicaciones alternativas de la evolución humana.

Por ejemplo, una hipótesis que ha sido propuesta a mediados de los 70 es la de la "mujer-recolectora". Según esta hipótesis son las actividades desarrolladas por nuestras antepasadas femeninas las que llevaron el peso de nuestra evolución. Cuando nuestros antepasados ocuparon la sabana fue la labor de las mujeres en la recolección y preparación de alimentos y el cuidado de los hijos, con la fabricación de los correspondientes utensilios para esas tareas, el elemento sobre el que se ejerció la mayor presión selectiva. De modo que el aumento de la inteligencia habría venido propiciado por la necesidad de realizar de modo cada vez más eficiente esas tareas desempeñadas por las mujeres.

Al considerar este ejemplo, Helen Longino afirma que no se trata de que la primera hipótesis sea falsa debido a sus prejuicios machistas y la segunda verdadera por todo lo contrario. En su opinión, los datos del registro fósil no permiten realizar una elección definitiva entre la una y la otra, ya que ambas poseen un grado similar de adecuación empírica, y en principio tan respetable y acorde con la buena ciencia es la primera como la segunda.

Pero lo que puede decirse es que la primera hipótesis –que es la preferida de muchos científicos– está cargada de valores androcéntricos que son transpuestos desde nuestra cultura actual al comportamiento de los primeros representantes del género homo. Esta carga valorativa quizás habría permanecido oculta si no surge como contraste la segunda hipótesis, con la carga contraria de valores ginocéntricos, que son también transpuestos al pasado. En cambio, Sandra Harding va más allá. Ella sostiene que desde cualquier perspectiva y con los datos en la mano la segunda hipótesis debe considerarse como preferible a la primera (cf. Harding 1996, pp. 90-1).

Dentro del feminismo hay orientaciones diversas que también se plasman en la filosofía feminista de la ciencia. Harding ha ofrecido una clasificación que ha hecho fortuna (cf. Harding 1996, cap. 1). Según Harding, los estudios feministas sobre la ciencia pueden situarse en tres enfoques diferentes y hasta enfrentados en algunos aspectos: el empirismo feminista, el punto de vista feminista y el postmodernismo feminista.

El empirismo feminista, defendido, por ejemplo, por Longino y por Nelson, se caracteriza por pensar que los sesgos sexistas de la investigación científica pueden eliminarse con una correcta aplicación de las normas metodológicas de la ciencia y con un cambio en el lenguaje. Desde este enfoque se considera, pues, que cabe un punto de vista objetivo y desprejuiciado en lo que respecta al género al que la ciencia debe aspirar. La ciencia mejoraría en tanto lograra eliminar los prejuicios de género, sean del tipo que sean.

El segundo enfoque, el del punto de vista feminista, en cambio, rechaza de plano esta pretensión. Basándose en la teorización hegeliana sobre la relación amo-esclavo y en el marxismo, sostiene que el punto de vista femenino, en tanto que propio de un grupo oprimido, ofrece una perspectiva mejor que el punto de vista masculino ya que se trata de una perspectiva menos parcial y menos perversa y, por tanto, privilegiada.

Aplicado a la ciencia, esto significa que las mujeres poseen una capacidad mayor para captar ciertos aspectos de la naturaleza y de la vida social, en particular los que se refieren a la situación social de la mujer. Una ciencia hecha por mujeres podría ser, por tanto, una ciencia mejor que la que tenemos actualmente, hecha fundamentalmente por hombres. Las mujeres, según este enfoque, poseen un estilo cognitivo diferente al de los hombres. Mientras que el de éstos es abstracto, teórico, analítico, cuantitativo, deductivo, orientado hacia el control y el dominio, el de las mujeres es concreto, práctico, sintético, cualitativo, intuitivo, orientado hacia el cuidado.

La ciencia ha privilegiado históricamente el estilo cognitivo masculino y por eso el femenino es menospreciado y marginado dentro de ella, pero en realidad el estilo cognitivo femenino es superior porque elimina la separación entre objeto y sujeto de conocimiento y porque es éticamente preferible el cuidado a la dominación (cf. Anderson 2003). El postmodernismo feminista, representado por Donna Haraway y la propia Harding (quien inicialmente defendió el punto de vista feminista), rechaza los dos planteamientos anteriores. Ni es posible una objetividad carente de sesgos sexistas ni existe un punto de vista femenino único que incluya a mujeres de diferentes razas, clases sociales, culturas u orientaciones sexuales. No existe ‘la mujer’, hay mujeres. No hay un gran metarrelato que sirva para representar a todas las mujeres, hay sólo pequeños relatos parciales y diversos sobre mujeres en situaciones concretas. Los conceptos de ‘mujer’ y ‘feminidad’ son conceptos construidos socialmente "mediante proyectos de dominación masculina" (Harding 1996, p. 150). De tal modo que pretender que hay un punto de vista propio de la mujer, un carácter femenino universal, es afianzar viejos tópicos machistas.

No obstante, en los últimos años los límites entre estos enfoques han tendido a difuminarse y han surgido nuevas orientaciones. Desde posiciones postmodernistas se ha reconocido la necesidad, para la promoción de la propia causa feminista, de aceptar que es posible la adquisición de un conocimiento fiable sobre el mundo. Desde el punto de vista feminista se ha admitido que no puede "esencializarse" lo femenino y que las diversas circunstancias sociales pueden producir puntos de vista muy diferentes en las mujeres, aunque no se acepta que la fragmentación de la que habla el feminismo postmoderno llegue hasta el extremo de invalidar el concepto de ‘mujer’ como categoría analítica. El empirismo feminista, por su parte, parece más dispuesto a coincidir con las otras posturas en que el sujeto cognitivo está irremediablemente situado y que un cierto punto de vista feminista, aunque plural, es necesario para contrarrestar los prejuicios machistas existentes en el tratamiento de algunos problemas científicos (cf. Anderson 2003).

Conviene saber también que no todas las feministas comparten las tesis básicas subyacentes en la epistemología feminista y la filosofía de la ciencia feminista. Susan Haack, por ejemplo, las ha criticado duramente y afirma que una "epistemología feminista" es algo que suena tan incongruente como una "epistemología republicana", e incluso el proyecto le parece peligroso, ya que promueve una politización de la investigación (cf. Haack 1998, p. 124 y 131). Según Haack, la epistemología feminista (y con ello parece referirse básicamente a la orientación que Harding llama ‘punto de vista feminista’), en lugar de socavar los prejuicios sexistas, los refuerza en la medida en que se mantiene que hay una visión femenina de las cosas y que ésta en menos racional o menos lógica que la masculina. Algunos estudios empíricos recientes dan la razón a Haack en este punto. De ellos se sigue que, frente a lo que habían pretendido otros estudios anteriores, no parece haber diferencias significativas entre niños y niñas en el desarrollo moral, en el valor que conceden a su autonomía, en sus capacidades cognitivas y emocionales, en su necesidad de poder, en su capacidad sexual o en su hostilidad (cf. Tavris 1992). Por otra parte, Haack no cree que el punto de vista del oprimido sea siempre un punto de vista epistémicamente privilegiado, ya que precisamente la situación de opresión suele conllevar un control de la información por parte del opresor, lo que deja al oprimido con un conocimiento más limitado de la situación. Éstas son críticas de la que puede escapar, sin embargo, la epistemología feminista que niega la existencia de un estilo cognitivo propiamente femenino y privilegiado, es decir, tanto el empirismo feminista como el postmodernismo feminista.

Una crítica más general contra la epistemología feminista es la que señala que los casos estudiados suelen limitarse a la biología y a las ciencias sociales, donde pueden introducirse más fácilmente prejuicios de género, pero son muy escasos y poco convincentes en lo que se refiere a la física, la química o las matemáticas. Desde el feminismo se contesta que, aunque en estas ciencias los prejuicios sean menos detectables, también existen. Por el momento, sin embargo, hay que admitir con los críticos que los casos estudiados resultan mucho menos plausibles que los referidos a la biología o a las ciencias sociales. Harding ha afirmado que, en realidad, lo que importa es mostrar que en estas ciencias sí existen tales prejuicios porque son precisamente las ciencias sociales las que constituyen el modelo de lo que es hoy la ciencia, siendo la física un caso especial (cf. Harding 1996, p. 40). Ni que decir tiene que esta afirmación es rechazada por los críticos.
4. La respuesta anti-relativista. Las Guerras de la Ciencia

Varios filósofos de la ciencia de orientación racionalista, como Larry Laudan o Susan Haack (cf. Laudan 1977, cap. 7 y 1996, cap. 10, Haack 1998, cap. 6), pero especialmente filósofos realistas, como W. H. Newton-Smith, León Olivé, Mario Bunge, Roger Trigg, Christopher Norris, Ilkka Niiniluoto, Ronald Giere o James R. Brown (cf. Newton-Smith 1987, Olivé 1988, Bunge 1991 y 1992, Trigg 1993, Norris 1997, Niiniluoto 1999, Giere 1988 y 1999 y J. R. Brown 2001), han presentado diversas objeciones a las tesis defendidas desde la Nueva Sociología de la Ciencia. No debe sorprender que un objetivo central de estas críticas haya sido el relativismo explícito con el que éstas están comprometidas. Como reconoce Woolgar:

El programa fuerte de la sociología del conocimiento científico atrajo una gran atención, no porque propusiera un análisis sociológico de materias que anteriormente habían sido objeto de la filosofía –el contenido y la naturaleza del conocimiento científico, sino porque enfatizaba la relatividad de la verdad científica. Ello suponía que al conocimiento científico ya no se le podía seguir considerando sencillamente como algo ‘racional’, que la aplicación de la ‘razón’ ya no garantizaba la ‘verdad’, etc. (Woolgar 1991, p. 68).

Dedicaremos unos últimos párrafos a una réplica especial que ha alcanzado una gran notoriedad y que resulta sumamente ilustrativa de la situación en la que se encuentra en estos momentos el ambiente intelectual creado por los estudios STS. Me refiero a las denominadas ‘Guerras de la Ciencia’, que han enfrentado recientemente a destacados miembros de la academia, sobre todo en los Estados Unidos, si bien se han visto muy implicadas la filosofía y la sociología de la ciencia francesas.

En pocas palabras puede decirse que lo que ha estado y está en discusión es si el constructivismo social y la negación del papel de la argumentación y la evidencia empírica que se ha realizado desde los estudios STS permite dar una explicación aceptable del modo en que funciona la ciencia en realidad. Algunos científicos han participado activamente en la polémica para oponerse a las tesis constructivistas, lo que ha provocado que se vea aquí, erróneamente en mi opinión, una nueva manifestación de la separación entre las dos culturas, la humanística y la científica (cf. Diéguez 2000). Y digo erróneamente porque las cosas son más complejas y en cada bando enfrentado pueden encontrarse tanto científicos como humanistas.

El origen de la polémica se sitúa en la publicación en 1994 del libro del biólogo Paul R. Gross y del matemático Norman Levitt titulado Higher Superstition. The Academic Left and Its Quarrels with Science. El libro era una crítica bastante ácida de las tesis relativistas y constructivistas defendidas por ciertos autores norteamericanos de orientación izquierdista y postmoderna pertenecientes al campo de los estudios STS. En él se afirmaba que este sector de la academia norteamericana era hostil a la ciencia, y no solo por los efectos perjudiciales de la tecnología sobre el medio ambiente, sino por la presentación que la ciencia hace de sí misma como conocimiento objetivo y metodológicamente justificado.

Pocos meses después, en ese mismo año, Alan Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York comprometido políticamente con la izquierda, envió a la revista Social Text un artículo titulado "Transgressing the boundaries: Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity". La revista Social Text es un órgano habitual de expresión en el ámbito de los estudios culturales y sociales. Está editada por la Universidad de Duke, y en ella publican con asiduidad autores considerados como postmodernistas. Casualmente estaba por entonces preparando un número especial –bajo el título empleado aquí por primera vez de ‘Las Guerras de la Ciencia’– en respuesta al libro de Gross y Levitt, y el artículo de Sokal parecía encajar perfectamente en tal proyecto.

Un artículo escrito por un físico que, ya desde el mismo título, utilizaba el vocabulario típico de los estudios sociales sobre la ciencia y que en su contenido daba la razón a los que sostenían que la ciencia era un discurso entre otros.

Un artículo que negaba, con apoyo de la física, la existencia de una realidad independiente; que afirmaba que el conocimiento científico, lejos de ser objetivo, era un reflejo de la ideología dominante y que carecía de cualquier privilegio epistemológico; que aseguraba que el psicoanálisis lacaniano había sido confirmado por la teoría cuántica de campos; que hablaba de la historicidad del número p y de la constante de gravitación G; y que defendía la necesidad de unas nuevas matemáticas que fueran verdaderamente emancipatorias. Era un respaldo importante, y el artículo fue finalmente aceptado y publicado en dicho número, que apareció en 1996. Este número incluía además trabajos de figuras tan relevantes en los estudios STS como Sandra Harding, Hilary Rose y Steve Fuller.

El escándalo se desató cuando Sokal envió una carta a los editores de Social Text para explicarles que su artículo había sido una parodia de los trabajos realizados habitualmente en los estudios STS por autores postmodernistas y que cualquier estudiante de física o matemáticas habría podido darse cuenta de los absurdos que contenía. Los editores se negaron a publicar la carta y Sokal la envió a la revista Lingua Franca, donde finalmente se publicó. El asunto adquirió tal magnitud, gracias sobre todo a su difusión por Internet, que aparecieron comentarios en algunos de los más importantes diarios del mundo, y se le dedicó una editorial en el New York Times.

Las respuestas no se hicieron esperar, y fueron muy variadas. El engaño de Sokal despertó las simpatías de muchos científicos y filósofos que vieron en él una demostración de la falta de criterio y de rigor imperante, al menos por el momento, en el campo de los estudios sociales sobre la ciencia, lo cual descalificaba sus resultados. Los que se sintieron engañados o injustamente ridiculizados, sin embargo, denunciaron la falta de honestidad de Sokal y minimizaron las consecuencias de su engaño, que solo habría probado que en ocasiones fallan los sistemas que deben controlar la calidad y seriedad de los trabajos publicados en una revista, o como mucho, que el entusiasmo político puede conducir a errores de juicio. Latour llegó a acusar a Sokal en Le monde de querer buscar en la cultura francesa un nuevo enemigo tras el fin de la guerra fría. El debate sobre lo que el engaño de Sokal probaba o no probaba estaba, pues, servido.

El propio Sokal ha sido modesto en sus pretensiones. En su opinión, el mero hecho de la publicación de su artículo sólo prueba "que los editores de una revista bastante marginal fueron negligentes en sus deberes intelectuales publicando un artículo sobre física cuántica que, según admiten, no podían entender, sin molestarse en consultar la opinión de alguien que conociese la física cuántica, solo porque provenía de un ‘aliado convenientemente acreditado’." (Sokal 1998, p. 11). Pero esto no es lo importante, según Sokal. Lo importante es el contenido mismo del artículo. Si el artículo es un sinsentido, lo es por lo que dicen los textos de autores postmodernos citados en él, ya que lo único que añade Sokal a esos textos es un argumento (también absurdo) capaz de darles cierta unidad a todos ellos.

Ciertamente sería descabellado afirmar que el caso Sokal ha mostrado la completa vaciedad de los estudios STS, entre otras razones porque, como dijimos al principio, estos estudios no se agotan en las orientaciones relativistas, constructivistas o postmodernas. Ni tampoco son iguales todos los relativistas, constructivistas o postmodernistas. No es lo mismo el relativismo metodológico del Programa Fuerte, que tiene una base realista, que el relativismo ontológico o constructivismo social extremo de algunos filósofos postmodernos, que no la tiene. No obstante, creo que Sokal ha conseguido mostrar que, dentro de estas orientaciones, una cierta retórica revestida de un lenguaje oscuro, y un apoyo decidido a determinadas tesis "políticamente correctas" desde el punto de vista de una cierta izquierda, son capaces de ocultar la carencia de argumentos y el encadenamiento de pifias científicas. Y haber hecho esto no es poco, porque precisamente estas orientaciones burladas por Sokal comenzaban a dominar en el campo de los estudios STS como si ya no hubiera más alternativas. Ha sido saludable que encontraran un contrapeso, tal como lo fue en su momento que lo encontrara el Neopositivismo. Quizás de este modo se pueda percibir mejor que los estudios STS no tienen por qué identificarse con ellas y lo deseable que sería que, tal como reclama Philip Kitcher (Kitcher 1998), estos estudios hicieran justicia tanto a los aspectos socio-históricos de la ciencia como a los aspectos realistas y racionalistas. Algo similar es lo que aparentemente piensa Sokal cuando comenta:

Las presunciones epistemológicas de los Estudios sobre la Ciencia son una desviación de los asuntos que motivaron en principio los Estudios sobre la Ciencia, a saber: el papel social, económico y político de la ciencia y de la tecnología. [...] Pero los que practican los Estudios sobre la Ciencia no están obligados a persistir en una epistemología equivocada; pueden abandonarla y continuar con la seria tarea de estudiar a la ciencia. Quizás, con la perspectiva de unos cuantos años, las actuales "Guerras de la Ciencia" resultarán haber marcado ese punto de retorno. (Sokal 1998, p. 18)

James R. Brown destaca también como resultado de la polémica el haber puesto de relieve que las actitudes favorables o críticas frente al conocimiento científico no se corresponden con actitudes políticas de derecha o de izquierda (cf. Brown 2001, pp. 24-28). En todo caso, sea lo que sea lo que Sokal haya probado, su engaño ha tenido la virtud de fomentar una discusión intelectual de sumo interés acerca de la objetividad del conocimiento científico y del papel de la ciencia en el conjunto de la cultura; una discusión que, pese a las airadas reacciones iniciales, ha obligado a unos y otros a pulir los argumentos propios y a buscar mejores respuestas para los del contrario. Aunque solo sea por eso, la parodia ha merecido la pena.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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miércoles, 21 de octubre de 2009

Lectura recomendada para Estudios Subalternos

El profesor Mauricio Archila recomienda la lectura del texto:

Promesa y dilema de los Estudios Subalternos: Perspectivas a partir de la historia latinoamericana

Florencia E. Mallon

Se puede encontrar en:
http://www.ram-wan.net/restrepo/intro-eeccs/mallon-promesa%20y%20dilema%20de%20los%20estudios%20subalternos.pdf

jueves, 8 de octubre de 2009

miércoles, 30 de septiembre de 2009

URGENTE CLASE FUERA DE LA UNIVERSIDAD POR BLOQUEO EN EL CAMPUS

LA CLASE DEL MIÉRCOLES 30 DE SEPTIEMBRE DE 2009 se realizará en la Sede Social Otto de Greiff de la Cooperativa de Profesores de la Universidad Nacional de Colombia.

La dirección es: Transversal 26 B No. 40A-55 . Sala fundadores 3.

Queda arriba de la Carrera 30. La mejor manera de llegar es por la Avenida 28 (esta Avenida empieza en la Carrera 20 y se prolonga hasta el Cementerio Central, e incluye en la mitad del recorrido a la Iglesia Alfonso María de Ligorio). Entonces se van caminando deben tomar la Avenida 28 desde la 30 hacia el Oriente y avanzar cerca de 3 cuadras para girar a la izquierda. Si se pierden pueden preguntar por el Parque del Colegio Rafaél Pombo, allí ven una carpa verde en la entrada del edificio de la Cooperativa.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Philippe Joutard

http://www.dailymotion.com/video/x9nv6r_philippe-joutard_news


Philippe Joutard. "El Papel de la imagen en la construcción y la difusión de la memoria oral", en, Historia y Fuentes Orales: Memoria y sociedad en la España Contemporánea : actas III Jornadas, Avila, abril 1992 / coord. por José Manuel Trujillano Sánchez, 1993, ISBN 84-604-6558-6, pags. 51-58


Philippe Joutard. "Memoria e historia : ¿cómo superar el conflicto?", en, Historia, antropología y fuentes orales, ISSN 1136-1700, Nº 38, 2007, pags. 115-122


Philippe Joutard. "Algunos retos que se le plantean a la Historia Oral del siglo XXI", en, Historia, antropología y fuentes orales, ISSN 1136-1700, Nº 21, 1999 (Ejemplar dedicado a: Entre la exclusión y el trabajo), pags. 149-162

Philippe Joutard. "La historia oral: balance de un cuarto de siglo de reflexión metodológica y de trabajos", en, Historia, antropología y fuentes orales, ISSN 1136-1700, Nº 15, 1996 (Ejemplar dedicado a: Poder y conflicto), pags. 155-170

Datos tomados de: http://dialnet.unirioja.es/servlet/extaut?codigo=184271

miércoles, 16 de septiembre de 2009

MAURICIO ARCHILA, Voces subalternas e Historia oral

http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/achsc/article/viewFile/8196/8840

Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura
No. 32, 2005, pp. 293-308

jueves, 3 de septiembre de 2009

JUSTO SERNA/ANACLET PONS

El historiador como autor.
Éxito y fracaso de la microhistoria




Justo Serna / Anaclet Pons (Universitat de València)



"Pero, repitámoslo: no se trata de esbozar aquí un tratado del arte de escribir (...). Lo que de momento nos importa es este principio, muy claro: para realizar bien su tarea, para cumplir verdaderamente su cometido, al historiador le es también necesario ser un gran escritor"


Henri Irenée Marrou



1. Desde que fuera rotulada así, desde que fuera patrocinada por Giulio Einaudi, la microstoria es una voz italiana de creciente éxito internacional pero de ambiguo significado. Ha sido una denominación de origen con la que el editor etiquetaba investigaciones muy diferentes entre sí y cuya única característica común parecía ser lo pequeño, los objetos de menudas dimensiones o la escala reducida con que se abordarían. ¿Por qué la calificamos como ambigua? Porque, de entrada, ésa es la impresión que el lector se puede llevar de la consulta de los manifiestos que los microhistoriadores publicaran a finales de los años setenta. Tanto es así que la consulta de esos textos programáticos --textos que debemos a Edoardo Grendi, Carlo Ginzburg y Carlo Poni o Giovanni Levi y que preceden o que coinciden con el nacimiento de "Microstorie", la colección que los amparó-- no permitía averiguar si estábamos o no ante una corriente o escuela históricas. Además, en los años sucesivos, la imprecisión no se ha corregido y seguimos sin contar con alguna introducción teórico‑sistemática que defina con rigor el paradigma con el que se ha dado cobijo a obras muy distintas y de desigual valor. Carecemos igualmente de textos enciclopédicos que den orden convencional a lo que ya se sabe y del que serían muestra esas investigaciones. Tampoco contamos con alguna publicación periódica a la que podamos reconocer como portavoz de los avances obtenidos. No existe espacio institucional o académico que permita ser identificado como el recinto de la ortodoxia historiográfica. Más aún, cuando en los años noventa Giovanni Levi, Carlo Ginzburg o Edoardo Grendi han hecho balance de lo publicado sólo han coincidido en descartar cualquier filiación de escuela; han descartado igualmente una empresa común en la que todos puedan admitirse; y han descartado, en fin, que hoy en día pueda seguir hablándose de "la" microhistoria.



Ya no existe el fondo editorial ("Microstorie") que dirigieron Ginzburg y Levi y que permitió identificarlos: se cerró a mediados de los noventa y se transfirieron sus obras a la mayor y más prestigiosa colección de ensayo de Einaudi ("Paperbacks"). ¿Podemos hallar mejor síntoma de la crisis editorial y personal que el cierre de una colección emblemática? La casa ha cambiado de propiedad: ha ido a parar a manos de Silvio Berlusconi, caracterizado ideológicamente por su inquietante populismo conservador y empeñado en completar concentraciones empresariales en el ramo de la industria cultural y de entretenimiento. Este hecho y otros factores personales han motivado, además, que algunos de los autores de "Microstorie" o, mejor, que algunos de los autores-símbolo de Einaudi hayan cambiado ostentosamente de sello y se hayan pasado a la competencia: Carlo Ginzburg, por ejemplo, dirige ahora la sección "Culture" de la célebre colección "Campi del sapere" de Feltrinelli, una sección que no invoca ya el rótulo de la microhistoria, una sección en la que su responsable se interroga sobre la diversidad cultural, la pluralidad de voces y en la que el primer libro (Occhiacci di legno), del que él mismo es autor, no contiene alusión alguna a la corriente a la que se le asoció. Y, como símbolo final, el viejo editor ha muerto, el viejo y prestigioso patrón ha fenecido derrotado por la edad pero su desaparición ha ocurrido después de que la casa padeciera una elefantiasis de crecimiento que debió ser subsanada externamente. Tantos avatares han sucedido que incluso en sus últimas contribuciones, cuando se les ha pedido hacer balance de lo que ha sido o es la microhistoria (1994), esos mismos autores parecen hacer el duelo por una corriente que si en efecto llegó a existir ahora estaría ya difunta. Si es esto cierto, estaríamos ante una paradoja evidente: cuando el éxito internacional de la microhistoria es más evidente, cuando se multiplican las referencias, los estudios críticos, los congresos y las evaluaciones --es decir, en los años noventa--, es precisamente cuando podemos dar por concluida esa experiencia colectiva. ¿Colectiva?



Un repaso historiográfico revela ciertos rasgos colectivos, en efecto, pero el caso de "la" microhistoria revela más aún lo que Henri Marrou decía de la pervivencia de la obra histórica. Su suerte futura puede estar garantizada o no por un contexto editorial, puede estar asegurada o no por instituciones académicas que le den repercusión, pero --como apostillaba Marrou-- su vigencia y la duración de sus efectos obedecen a un hecho puramente textual, a una virtud que se expresa en la obra y de la que ésta es prueba y materialización. Así, aunque entre los historiadores haya casos afortunados de empresas colectivas que proporcionan amparo y audiencia a epígonos --y el ejemplo más evidente es la repercusión internacional de Annales--, esto es más la excepción que la regla. Es decir, los éxitos y los fracasos son, en principio, individuales, y el vigor de una monografía es principalmente dependiente del genio del historiador, de la personalidad que hace la obra, del investigador que escribe, de cómo narra y de los recursos que emplea. Expresado de otra manera, aun en el caso de que no hubiera existido jamás una "escuela de los Annales", Los reyes taumaturgos seguiría siendo uno de nuestros clásicos: un volumen concebido de tal modo que su forma, su enunciación, su argumentación y la retórica de que se sirve el historiador --para que así le aceptemos sus preguntas y las respuestas conjeturales que audazmente propone-- serían su virtud, los atributos imperecederos que le permiten auparse por encima de sus limitaciones documentales o de sus explicaciones ya inaceptables.



En ese sentido, buena parte del éxito (y del fracaso) que cabe atribuir a la microhistoria depende de una obra y de un historiador, dependen de El queso y los gusanos (1976), de Carlo Ginzburg; dependen de un factor azaroso y excepcional como es el de una cualidad personal materializada en un libro concreto. Es a ese volumen, del que nos ocupamos extensamente en otra parte (1999), al que en buena medida debemos achacar la difusión de la etiqueta (microhistoria) asociada a una obra de calidad y reforzada por otras que siguieron pero que ya no alcanzaron la nombradía de aquélla. Un volumen de éxito, un éxito que sobrepasa el contexto circunstancial en el que había aparecido y que precedió a la creación de una colección de la que sería deudora, ha llevado a numerosos lectores a identificar una cosa y la otra. En este caso, además, se trataría de una identificación confirmada editorialmente con otras obras bien resueltas aunque en ocasiones muy distintas (por ejemplo Terra e telai, de Franco Ramella, o La herencia inmaterial, de Giovanni Levi). Pero se trataría también de una sabia operación de prestigio en virtud de la cual el editor publica a otros autores reverenciados (E.P. Thompson) que, en principio, nada tienen que ver con la etiqueta (la microhistoria). Se trata, pues, de una asimilación mercantil mediante la cual se adopta como vecinos de colección a historiadores distinguidos a los que se toma como antecesores y de cuya virtud el resto se contagia por contigüidad: dan cimiento, antigüedad, prestigio y honorabilidad. Reparemos algo más en estos hechos, reparemos en lo que ha rodeado a Einaudi y a Ginzburg.



La editorial Einaudi, fundada en el Turín de 1933, ha sido hasta fecha bien reciente el baluarte de la izquierda cultural y fue en su origen el producto exquisito de colaboraciones opositoras, antifascistas y progresistas: entre otras, la del matrimonio Leone y Natalia Ginzburg, la Cesare Pavese e Italo Calvino, después, además de la de su principal inspirador: Giulio Einaudi. Eran aquéllos, como los han descrito sus propios protagonistas y como se reflejan en el libro conmemorativo Cinquant'anni di un editore, años de mocedad, pero sobre todo eran años de resistencia política y de inquietud intelectual, universal, de amistades compartidas y de excitación literaria. El ensayo de calidad, las revistas de pensamiento y, en fin, la literatura fueron así, desde sus inicios, el ámbito de intervención del editor. Pero, en principio, esos primeros años eran también años de riesgo político y de extrema crueldad. Como nos relató su viuda en esa espléndida evocación que lleva por título Léxico particular, Leone Ginzburg, aquel que fuera el primer animador de las ediciones Einaudi, moría en la cárcel romana de Civitavecchia después de haber ejercido la oposición antifascista (Giustizia e libertà), después de haber estado confinado con su familia en los Abruzos y después de haber sido apresado y torturado por lo nazis: "sin concluir su obra, sin dejarnos un mensaje. Por eso no podemos resignarnos; ni perdonar", apostillaba Norberto Bobbio en su Perfil ideológico del siglo XX en Italia. De todas las personas que rodearon a Einaudi en la guerra o en la inmediata posguerra, aquella que, a juicio del editor, más firmemente mantuvo la continuidad de dicha empresa cultural, aquella que, según anota en su memorias, "custodió" los valores de la casa, y se mostró siempre como su conciencia crítica, fue precisamente Natalia Ginzburg. En fin, en el transcurso de varias décadas, la editorial se ha renovado, ha incrementado vertiginosamente sus colecciones, ha incorporado a prestigiosas figuras del mundo cultural italiano reciente en calidad de asesores, ha atravesado momentos de grave crisis económica y, como decíamos, ha acabado por cambiar su propiedad hasta pasar --para escándalo de algunos-- a la órbita de Berlusconi. El rasgo más sobresaliente de esa pequeña historia es la relevancia que siempre se dio en Einaudi a los asesores, a los comités de lectura, al modo de lo que Gallimard estableciera en Francia. Uno de los nombres más significativos de quienes se han ocupado de esta tarea --y que ya no la ejerce al haber abandonado la casa-- es precisamente el de Carlo Ginzburg, hijo de Leone y de Natalia. Fue él quien tradujo a Marc Bloch, quien prologó la versión italiana de Los reyes taumaturgos y a quien, en fin, se le hizo responsable de las evaluaciones y de las lecturas de obras históricas y ensayos sobre arte, para acabar codirigiendo con Giovanni Levi la colección más emblemática de la renovación historiográfica y a la que ya hemos hecho alusión: "Microstorie".



¿Qué interés tiene este pequeño apunte informativo que vincula los avatares de la casa editorial con El queso y los gusanos? Quizá este anecdotario de la microhistoria nos permita empezar a entender, aunque sea externamente, el hecho capital que ahora nos ocupa: por qué se identifica la microhistoria con dicha obra y, más en general, con Carlo Ginzburg. ¿Es razonable que esto sea así? ¿Es la microhistoria una forma especial de investigación definida principalmente por Ginzburg y expresada como nunca en ese libro? Y en el caso de que esto sea así, ¿agota su definición la práctica microhistórica? La primera respuesta a estos interrogantes es toda una paradoja historiográfica: la producción microhistórica se identifica internacionalmente, sobre todo en el dominio anglosajón, con el modelo impuesto por Ginzburg ‑‑no por casualidad este último es docente en la UCLA‑‑, y aun hoy un congreso norteamericano sobre microhistoria invoca el modelo germinal impuesto por El queso y los gusanos; en Italia, por el contrario, esa filiación no ha sido tan evidente y, además, las primeras reflexiones sobre el proceder microanalítico en historia son anteriores a las obras mayores y más conocidas de aquél y, además, con una orientación con la que no siempre coinciden. Abreviando podríamos decir que la versión más divulgada, o, al menos, aquella que mejor difusión ha tenido, es la que entiende como sinónimos paradigma indiciario y microhistoria y, por tanto, la que sigue el modelo de interpretación conjetural ‑‑basado en la inferencia abductiva de Pierce‑‑ implantado a partir de los vestigios dejados por el célebre molinero Menocchio. Sin embargo, podríamos aceptar que en Italia hay, al menos, dos modos de entender la microhistoria: la que encarna Edoardo Grendi y la que se identifica con Carlo Ginzburg. Esto es algo sobre lo que nos pronunciábamos ya en 1993, en "El ojo de la aguja", y sobre lo que, hasta fecha reciente, hasta 1994, no se habían extendido suficientemente los propios microhistoriadores, sus exégetas o sus impugnadores. Por eso, el prudente silencio que se ha mantenido sobre este hiato ha favorecido la confusión, la amalgama y la reunión de opciones diferentes, de opciones no siempre congruentes. Ese hecho y el retraso con que unos y otros se han manifestado han acabado por ahondar aún más las confusiones, los malentendidos y las perplejidades que provoca. Así, justo cuando historiadores de todo el mundo celebran, hablan de y convienen en la actualidad de la microhistoria, sus oficiantes decretan la muerte, y cuando unos y otros subrayan el vigor de esa corriente, los responsables italianos concluyen que nunca existió, que nunca hubo un patrimonio común y que ni siquiera hay un único rótulo bajo el que todos se cobijen. Precisemos, pues, esas dos fuentes, esos dos modos contrapuestos de entender la microhistoria, las disputas tardías a que han dado lugar y que se hacen universalmente explícitas en los textos publicados en 1994 por Ginzburg y Grendi.



2. Los primeros intentos habidos en Italia en los que ya se dice defender un modelo cognoscitivo microanalítico para la historia datan de la primera mitad de los años setenta. En efecto, un historiador modernista, Edoardo Grendi, particularmente sensible a los avances producidos en las ciencias sociales, defendía la elección de un enfoque micro para una disciplina en la que, desde la ruptura annalista, sus oficiantes se habrían acostumbrado a operar con las grandes magnitudes, con la larga duración y, en definitiva, con aquellos procedimientos seriales que se fundaban en el anonimato y en lo cuantitativo. La repercusión que este paradigma había tenido en la Italia de aquellas fechas es indudable, y quizá dos hechos lo prueban suficientemente: por una parte, la fundación en 1967 de una revista ‑‑Quaderni Storici delle Marche‑‑ cuyo primer artículo, el proemio historiográfico que servía de proclama intelectual, era la traducción italiana de la longue durée de Braudel; por otra, y poco tiempo después, la edición de la Storia d'Italia de Einuadi (1972), a la que podemos considerar como una síntesis entre categorías y modos analíticos tomados en préstamo de Annales ‑‑y, por consiguiente, de su principal inspirador en aquellas fechas, Braudel‑‑ y convenciones e intuiciones propias de la historiografía italiana de impronta gramsciana.



Las propuestas de Edoardo Grendi no eran totalmente congruentes con algunas de las certezas que este paradigma historiográfico imponía en aquellas fechas. Frente a la historia total propugnada por Braudel, aquello que Grendi defendía era un modelo de análisis más modesto que permitiera reducir los objetos de investigación. En realidad, su propuesta no era sino el traslado al ámbito histórico de una perspectiva micro que ya se habían dado con anterioridad, en otras disciplinas, tanto en la antropología como en la economía. En el primer caso, dos eran las enseñanzas sobre las que Grendi ponía el énfasis en aquellas fechas (y después): por un lado, el enfoque propiamente microanalítico de la etnología, identificado con la contextualización del hecho; por otro, el estudio de las relaciones sociales a través de sus distintas manifestaciones económicas o extraeconómicas. Lo que, en 1972, decía o parecía envidiar de la antropología era, en efecto, su apego al contexto, a "la situzionalità concreta (e cioé le istituzioni, la storia, ecc.)". Entregados a la técnica de la observación participante, los etnógrafos reúnen sus datos, hacen acopio de lo que les transmiten sus informantes, sabiendo que cada hecho forma parte de una cadena de hechos de los que no puede amputarse impunemente. Pero, además, Grendi asumía la tradición de la antropología sustantivista, la tradición que, a partir de la teoría del don y del principio de reciprocidad, vinculaba a Polanyi, a Mauss, a Boass o a Malinowski. El objetivo de esa perspectiva no era la mera importación de modelos etnológicos --añadía el italiano en esas fechas--, sino interrogarse sobre la evidencia supuestamente incontrovertible de algunas categorías: en concreto aquellas que, de matriz económica, se habían incorporado a la disciplina histórica como si fueran obvias en sí mismas, las de mercado y racionalidad. Ambos conceptos, que constituían desde antiguo objeto preferente de la microeconomía, se abordaban desde esta última disciplina como nociones lógicas subordinadas a la teoría de la elección racional, en principio, una teoría normativa. En este caso, las actividades económicas, al menos desde la perspectiva marginalista, se explicaban a partir del postulado de la maximización y ello servía tanto para explicar las elecciones de los empresarios como las decisiones de los consumidores. En este sentido, aun adoptando el enfoque micro, la economía expulsaba los contextos reales de dichas elecciones y, en ese sentido, era escasamente fructífera para los historiadores, al menos en comparación con los usos y los rendimientos de la perspectiva micro entre los antropólogos.



¿Pero eran todas las antropologías variantes de una disciplina contextual, variantes de una disciplina que siempre otorgaría relevancia al contexto? Los Annales habían recibido una fuerte influencia de la perspectiva antropológico‑estructural y, como tal, el impulso etnológico que aquella publicación podía experimentar tenía más que ver con el análisis de invariantes, con el estudio de reglas y, en definitiva, con la posibilidad de establecer modelos. Por eso, precisamente, es por lo que Claude Lévi-Strauss marcaba diferencias con la historia "tradicional" como disciplina de la acción y celebraba la proximidad del modelo braudeliano al estudio de lo inconsciente, según leemos en el primer capítulo de su Antropología estructural. Por el contrario, la variante anglosajona, al menos desde E.E. Evans‑Pritchard, había reivindicado, más allá de la formalización, el estudio singular de casos concretos dotados de su particular historicidad. La reivindicación de la historia hecha por los antropólogos daba unos resultados contrarios a lo sucedido en el caso francés. Por eso, precisamente, es por lo que Past and Present tuvo desde sus orígenes una impronta bien diferente a la que podemos apreciar en los Annales de las mismas fechas. Como apostilló años después Clifford Geertz, cuando los antropólogos optan por lo microscópico no es por incapacidad teórica o generalizante, no es por estar apegados a una teoría humanista de la acción, como deplorarían Lévi-Strauss y la generación de estructuralistas que encabezó. Si optan por lo microscópico --añade el etnólogo norteamericano en La interpretación de las culturas-- es porque el investigador se propone analizar los mismos "megaconceptos con los que se debaten las ciencias sociales contemporáneas" pero partiendo "de los conocimientos extraordinariamente abundantes que tiene de cuestiones extremadamente pequeñas". ¿Hay alguna coincidencia en lo dicho por Geertz a propósito de lo microscópico en etnología y lo que defendiera Grendi para la historia?



Como se puede observar, la defensa de esta perspectiva no tiene, en principio, nada que ver con los postulados en los que se basa la microeconomía, una microeconomía en la que sus practicantes analizan teóricamente la conducta del consumidor racional. Y no tiene que ver porque en un caso estamos ante una teoría normativa y, en otro, nos hallamos ante una teoría explicativa: lo micro en historia, de acuerdo con Grendi, tiene que ver más con el relieve dado al contexto, con el análisis circunstancial que los etnólogos anglosajones asumen mancomunadamente (y ésta es, en fin, una generalización que nos consentimos). Por tanto, la primera consecuencia que se extrae de aquella temprana propuesta, la que hiciera Grendi a la altura de 1972, es la reducción de la escala de observación. Pero, como decíamos, más allá de este procedimiento, lo que Grendi defendía era el análisis de las relaciones sociales, los modos de interacción múltiples y complejos que se dan entre sujetos operantes en un contexto histórico. Ahora bien, el estudio relacional y, a la vez, la reducción de la escala sólo podían ser practicables en aquellos dominios en los que, por sus pequeñas dimensiones, el análisis pudiera resultar realizarse y, además, ser significativo. De entre los textos que entonces publicara, dos son especialmente en los que desarrolló esta tesis. El primero de ellos es una respuesta dada por Grendi al modelo analítico de la burguesía francesa adoptado por Adeline Daumard y sus colaboradores. En aquel texto ("Il daumardismo: una via senza uscita?", 1975), les reprochaba el cartesianismo formal de las categorías empleadas para homogeneizar extracontextualmente los datos patrimoniales de los burgueses de cinco ciudades francesas: intentado que fueran congruentes, esas informaciones carecían de vida y sólo consentían comparaciones muy externas, numéricas, sin nombres, sin relaciones y sin que el lector supiera el valor simbólico que el contexto daba a cada objeto.



Es por eso por lo que, poco tiempo después, hacia 1977, Grendi defendería expresamente el estudio microanalítico --y así lo llamaba-- en el seno de aquellas formas de agregación social y política más reducidas que las que podían representar el Estado o la nación: "e perché deve essere l'aggregato‑nazione e non la comunità o la città o il mestiere il luogo d'elezione per lo studio de queste trasformazioni? ". Si, a juicio de Grendi, la historia social había de tener por objeto "ricostruire l'evoluzione e la dinamica dei comportamenti sociali", es decir, las relaciones, "il villaggio contadino" o el "quartiere urbano", formas diversas de comunidad, son áreas privilegiadas de dicho estudio, leemos en "Micro-analisi e storia sociale". Es ésta una tesis que nuestro autor no ha modificado sustancialmente y, de hecho, muchos años después, en 1994, cuando reevaluaba el microanálisis histórico acababa su reflexión en los mismos términos, acababa reivindicando otra vez la reducción de la escala para así hacer florecer el contexto, para así emprender una historia social en la que los estudios de comunidad permitiesen exhumar la compleja red de las relaciones sociales.



¿Cuáles fueron los referentes que le permitieron fundamentar aquella temprana propuesta microanalítica? No son siempre los mismos, no son exactamente los mismos aquellos que defendiera en 1972 y los que menciona, por ejemplo, en 1993 con motivo de la publicación de Il Cervo e la Repubblica. Hay, sí, coincidencias y hay lealtades que permanecen, y, entre éstas, hay una inclinación evidentemente anglosajona, muy poco "francesa", sobre la convendrá demorarse. A este historiador italiano, por ejemplo, se debe la difusión en Italia de ciertos autores que, para las fechas en las que comenzó a divulgarlos, no eran muy conocidos. Sin duda, que estos referentes pertenecieran al ámbito anglosajón no es extraño si se tiene en cuenta la productiva estancia que este autor disfrutara en la London School of Economics de la posguerra. Este hecho permite entender la línea de investigación que Grendi recorre desde los años sesenta, una línea con objetos variados, una línea que se inicia con la historia del movimiento obrero y, especialmente, con la difusión de la obra de los historiadores marxistas británicos que se ocupaban de ese tema. En una entrevista publicada en 1990, Giovanni Levi le atribuye a Grendi un carácter "inglés", y esa atribución es algo más que una boutade. Decía Thompson en "The peculiarities of the English" que el mejor idioma de los anglosajones habría sido aquel en el que confluyen históricamente el léxico protestante, el lenguaje individualista, el empirismo y, en definitiva, aquel que se propone abatir los universales. Pues bien, esos atributos son probablemente los mismos con los que se revistió Grendi en (y desde) su temporada londinense, hecho que es aún más llamativo si tenemos en cuenta su procedencia, la de una historiografía en la que el peso del historicismo y del idealismo había sido y seguía siendo muy grande. Quizá por esta razón --quizá por este empirismo en el que se nutrió-- es por lo que pueda entenderse mejor el relieve que Grendi iba a dar a la noción de contexto, una noción en este caso entendida a la manera de E. P. Thompson. Quizá por esta razón --quizá por esta lealtad-- es por lo que pueda entenderse que haya sido este investigador italiano aquel que más ha contribuido a difundir en su país la obra del historiador británico.



¿Qué lección aprende nuestro autor de la obra de Thompson? Grendi lo expresó con toda claridad en 1981, justamente en la introducción que hiciera a un volumen recopilatorio de aquél, en un volumen que servía de compendio de algunos de sus trabajos menores y que, al estar editado en la colección "Microstorie", podía tomarse como la invocación microanalítica de Thompson. Además del sano y descreído empirismo que caracteriza a la tradición británica --ajena, por tanto, a los excesos de los "cartesianismos" y de los idealismos continentales--, Grendi aprecia en su obra dos virtudes. En primer lugar, la reivindicación del "protagonismo degli individui e dei gruppi sociali, l'human agency"; en segundo término, la "rigorosa contestualizzazione" del objeto histórico, en este caso de los individuos y de los grupos. A partir de estos supuestos, a juicio de Grendi, Thompson censura ciertos vicios de su propia tradición ‑‑la marxista‑‑ que, obsesionada por el cientifismo, parece haber olvidado en ocasiones la mirada "aperta, esploratoria, autocritica", en definitiva, el uso constante de la "ragione attiva". El uso de esa razón crítica le habría permitido investigar no tanto la lógica (estructural) del capital cuanto su proceso histórico de formación: le habría permitido también sacudirse la desgraciada metáfora base‑superestructura, que tantos reduccionismos había provocado en el estudio de las instituciones y de la cultura; y le habría permitido finalmente abordar a los protagonistas de ese cambio: las clases populares y los individuos que las integran. En este caso, la acción humana sólo puede explicarse en su contexto, pues las decisiones y sus implicaciones son fruto de una elección que es inextirpable de la propia experiencia acumulada y de las informaciones que se reúnen. Sin embargo, para Grendi le reprochaba a Thompson tres vicios: la relativa elementalidad y el deliberado impresionismo de sus categorías, el silencio acerca de las estructuras extraintencionales, acerca de las coerciones y de los determinismos y, a la postre, el tono autocelebrativo que empleaba. En suma, la lectura que Grendi realiza de Thompson intenta subrayar la forma con la que éste aborda el estudio contextualizado de los individuos y de los grupos a través de un estímulo propiamente antropológico. Eso le permite --añade el historiador italiano-- disolver teleologías de "la storiografia conservatrice" y banalidades "della tradizione marxista". "Para nosotros ‑‑dice en efecto Thompson‑‑, el estímulo antropológico no surte su efecto en la construcción de modelos, sino en la localización de nuevos problemas, en la percepción de problemas antiguos con ojos nuevos".



Esta mirada distanciada y crítica que Grendi aprecia en Thompson la lleva hasta el extremo, hasta un extremo en el que poder hallar ciertas afinidades con otro autor, también instalado en la tradición británica, un autor que años antes había efectuado una lectura igualmente heterodoxa y "etnológica" del proceso de formación del capitalismo. Se refiere a Karl Polanyi. Quizá puedan sorprendernos las sintonías que Grendi establece entre ambos autores: mientras uno pertenece a la tradición marxista, el otro no; mientras uno se expresa como antropólogo, el otro lo hace como historiador. Sin embargo, ambos comparten un mismo interés ‑‑la exégesis crítico‑analítica del proceso de formación del capitalismo‑‑ y, además, lo desarrollan con instrumentos y categorías heterodoxos. En ese sentido, el atractivo que Karl Polanyi ejerce en Grendi resulta perfectamente comprensible: "l'esperienza teorica" de este último autor "ha influenzato del pari storici e antropologi", aunque fundamentalmente en el ámbito anglosajón. En efecto, este autor, al que se le conoce como un antropólogo de la economía, desarrolló parte de su obra en Gran Bretaña y en Estados Unidos a partir del temprano exilio que le alejó de su Budapest natal, de ese Budapest en el que compartía amistad y camaradería intelectual con Lukács. De todas sus obras, aquella que constituye un clásico todavía vigente es sin suda la que lleva por título La gran transformación, publicada originalmente en 1944 y pronto editada en su primera y parcial versión castellana en la editorial Claridad de Buenos Aires. En ésta y en otras investigaciones, Polanyi desarrolla, como se sabe, un análisis de la economía de mercado y de sus orígenes, comprobando la historicidad del contrato y del beneficio económico y subrayando el carácter de economía "incorporada" que tienen los distintos tipos de transacciones. Es decir, la economía funciona, antes del capitalismo, como un subproducto de las obligaciones de parentesco, políticas y religiosas, quedando los medios de subsistencia garantizados como un derecho moral que derivaba de la pertenencia a una comunidad humana. En ese sentido, reciprocidad, redistribución e intercambio constituyen formas de transacción que son diversamente dominantes según las sociedades históricas o simultáneas, según jerarquías internas de esas mismas comunidades.



A partir de estos supuestos, dos son las ideas que nuestro autor trata de desmentir. Por un lado, la de que los mercados puedan contemplarse como la forma omnipresente de la organización económica. Por otro, la de que esa misma organización determine la estructura social y la cultura en todas las sociedades. De ser ciertas estas premisas en algún momento histórico, sólo se cumplirían por entero bajo el capitalismo concurrencial dominado por el mecanismo del mercado autorregulador. Frente al axioma smithiano del interés económico como móvil de la acción social, frente a la reevaluación del homo oeconomicus de la tradición neoclásica, Polanyi subraya la certidumbre inversa: el hombre no tiene una propensión innata al tráfico. Es sólo la necesidad social de organizar los recursos el factor que conduce al cambio. En ese sentido acepta alguno de los supuestos marxistas para el análisis de la economía capitalista, supuestos que no podrían generalizarse para las sociedades primitivas y arcaicas. Por tanto, la conclusión que extrae Polanyi es la de que la estructura institucional del capitalismo concurrencial escindió la economía de la sociedad y del Estado, transformando el trabajo y la tierra en mercancías y organizando su oferta como si, en efecto, fuesen artículos elaborados para ser vendidos. Esta es "la gran transformación" que se experimenta en Occidente y de la que nacen los mercados "incontrolados", en los que la economía ha dejado de estar incorporada a la sociedad.



Tal vez hoy ya no nos sorprenda la tesis en la que se sustentan estos argumentos. Sin embargo, no hay que olvidar la época en la que estas ideas se expresan. Probablemente lo que sí que nos puede sorprender es la escasa o nula recepción que este autor tuvo en Italia o en Francia hasta los años setenta, cuando Grendi, en un caso, y Annales, en el otro, empezaron a difundirlo. La operación de recuperación del autor húngaro se potencia en Italia con la edición de La grande trasformazione, un volumen que aparece en Einaudi en 1974 y del que Grendi publicará una extensa y significativa reseña en la Rivista storica italiana, el principal medio corporativo de los investigadores de aquel país. Pero esa operación de difusión se consuma con Polanyi. Dall'antropologia economica alla microanalisi storica (1978), una obra rara --la obra de un historiador presentando a un antropólogo de la economía-- : una obra de introducción de la que es autor Grendi y en la que su subtítulo es suficientemente explícito de las intenciones que el historiador le da.



En una primera parte, el investigador italiano describe y analiza las categorías polanyianas, poniéndolas en relación con la antropología social inglesa, con el sustantivismo económico y, al fin, con la antropología marxista. En la segunda parte, por el contrario, la figura de Polanyi pierde relieve para dar paso a un uso productivo de sus conceptos y enfoques de modo que permitan fundar una nueva mirada sobre viejos temas. En definitiva, Grendi se propone abatir dos rasgos recurrentes del trabajo histórico y que son dos vicios de origen tomando para ello a Polanyi como excusa teórica que le permita desarrollar la aproximación microanalítica en historia. Al hacerlo así, aspira a destruir el teleologismo implícito o explícito que ha informado buena parte de los análisis histórico‑económicos del capitalismo. Al hacerlo así, aspira también a combatir el referente normativo con el que los historiadores suelen evaluar la modernidad de las sociedades que estudian, y del que son ejemplo fehaciente los hilos conductores "progresistas" que se incluyen en los manuales o libros de texto, según denunciara expresamente Grendi en un artículo posterior, de 1979. El rechazo de esos errores procedimentales le facultarán --añade-- para poner en práctica los estudios de comunidad. De ese modo, leemos en ese volumen de 1978, podremos pasar "di un procedimento dal ``micro'' dell'unità domestica al ``macro'' della società più ampia, attraverso la comunità intesa come forma di aggregazione socio‑spaziale intermedia (...). Questo procedimento --concluye-- è opposto a quello generalmente seguito dall'approccio storico che definisce i caratteri generali della società sulle basi di una considerazione ideal‑tipica dei rapporti interpersonali astraendo quindi dalla loro definizione spaziale e di scala".



Al margen de que la unidad doméstica, la comunidad o el mercado puedan ser objetos, nuevos o viejos, que se introducen o se reintroducen en el discurso histórico de aquellas fechas, la lección que extrae Grendi es más propiamente la de una mirada microanalítica que no da por supuesto ningún elemento que no se explique en su relación contextual. Esta última aseveración nos permite precisamente volver sobre una de las certidumbres que Thompson sostiene y que Grendi defendía ardorosamente: la historia como la disciplina del contexto, entendiendo por tal que el análisis que se realice sobre cualquier hecho histórico sólo podrá adquirir significado dentro de un conjunto de hechos siendo también cada uno de ellos un eslabón de una cadena. Y esto es lo que permite a Grendi relativizar una de las características más celebradas de la historiografía annalista: la interdisciplinariedad. Su preocupación no es la de estar atento sin más a las innovaciones de las ciencias sociales para ejercer sobre ellas un canibalismo interesado, sino, por el contrario, obligar a las categorías y a los métodos a confrontarse con el hecho inerte cuyo significado no se lo dan esas ciencias extrahistóricas, sino la red de relaciones factuales y personales de la que es inseparable. Se expresa, pues, desde el más consciente realismo histórico, desde una noción de realidad externa en la que es el observador el que se supedita a los dictados del material empírico, en la que es el investigador el que se esfuerza por captar la pertenencia social de lo que estudia. Esa idea de contexto no le lleva entonces, en aquellas fechas, a combatir las posiciones escépticas --tal vez porque el peso del neopirronismo histórico era escaso frente al dominio de las viejas formas de positivismo--, pero será en los noventa, en particular en su contribución de 1994, cuando la asuma desde el punto de vista cognoscitivo para oponerse al relativismo epistemológico. ¿Por qué esta demora? Pues porque en la agenda de Grendi esta propensión sólo se incorpora cuando otros microhistoriadores la hagan el centro del debate histórico. Lo curioso, lo personal y lo irónico es que este investigador la empleará para oponerse a las desventajas o a los riesgos de otras formas de microhistoria.



La idea de contexto es, pues, tal y como Grendi la expresa, una vieja lección que la etnología había asumido. Por eso no es extraño que este historiador haya privilegiado la aproximación a la antropología, pero que lo haya hecho sobre los supuestos que el propio Thompson había delimitado. Por esa razón, cobra protagonismo la descripción polanyiana de la economía incorporada, entendiendo por tal la imposibilidad de separar la instancia económica de la sociedad y, por tanto, obligando al investigador a efectuar una lectura total de un hecho que no consiente una única mirada disciplinaria. Y, en ese sentido, Grendi elige como objeto preferente las formas de agregación intermedias, en la medida en que éstas permitan aplicar esa mirada total que reclama. Es por eso por lo que algunos autores del Network Analysis y sus concepciones sociales serán importantes para este historiador. Si de lo que se trata es de reconstruir una red de relaciones sociales en aquellos agregados en los que la reducción de escala permite su exhumación, entonces autores también anglosajones como Jeremy Boissevain o Fredrick Barth serán imprescindibles, el complemento necesario. ¿Por qué razón? Porque le permiten pensar al sujeto como un ego o como un empresario que se sirve de sus conocimientos personales y de sus interacciones sociales para hacer valer sus intereses, pero asumiendo que aquellas relaciones son a la vez su propia cárcel, el límite frecuentemente infranqueable que lesiona su maximización, el freno que opone resistencia al despliegue de una racionalidad olímpica, incondicionada. Lo dice expresamente en 1993, en Il Cervo e la Repubblica. En su caso, sin embargo, la adopción de la metáfora de la red para el estudio de las relaciones sociales y, por tanto, su reivindicación del estudio de las esferas de acción y de influencia de los individuos no le llevan a aceptar finalmente el individualismo metodólogico. En 1977, en aquella primera formulación del microanálisis histórico, se expresaba con alguna ambigüedad, hasta el punto de que parecía observar con simpatía ese enfoque, tal vez porque en aquellas fechas el dominio francés de la historia estructural era omnipresente; en los años noventa ya no será así, y la red se convierte en su discurso en la imagen de las coerciones y de las determinaciones que limitan la acción de los individuos. La ambivalencia con que contempla el individualismo metodológico es perfectamente razonable y, a nuestro juicio, en estrecha sintonía con la actitud que mantuviera Thompson. Evaluando las concepciones de la acción que profesó, Anthony Giddens le atribuyó al historiador británico una adhesión implícita al individualismo metodológico. Thompson no lo admitió; Grendi, tampoco. ¿Pero hay en estas posiciones algo que desmienta su tesis básica, aquella segun la cual la historia es resultado de las elecciones y acciones de los individuos y que su conocimiento es reductible al de esos individuos, de sus propiedades y de sus actos?



Concluyamos esta primera aproximación. A pesar de las sugestivas y ambivalentes implicaciones que este programa de investigación tiene para la historia desde una perspectiva microanalítica, y más allá de los acuerdos o desacuerdos que podamos admitir, el conocimiento internacional que se tiene de Grendi es muy reducido, muy minoritario, y de ese injusto trato que la suerte le inflige parece lamentarse abiertamente en 1994. Es más, hay en ese texto, titulado significativamente "Ripensare la microstoria?", un tono de reproche, de ironía dolida, un tono que le permite marcar distancias con respecto a su principal rival, Carlo Ginzburg, y de eso es prueba fehaciente el interrogante con que matiza la propuesta. Pone siempre entre comillas las palabras microhistoria y microhistoriadores y se profesa nuevamente seguidor del microanálisis histórico, una etiqueta de menor éxito, un rótulo más modesto, menos enfático, pero una designación que le sirve para subrayar la metadisciplinariedad de la perspectiva (microanálisis), una perspectiva en donde el adjetivo (histórico) alude sólo a una de las formas posibles que adopta un enfoque compartido por diversas ciencias. ¿A qué se debería, pues, su menor conocimiento internacional?



No creemos que ese desconocimiento se deba a las aristas de su programa, ni a las posibles incoherencias que podamos hallar en estas propuestas. No creemos tampoco que su escasa repercusión se deba a la tensión irresuelta que se da en Grendi entre el relieve dado a la human agency y la oscuridad o la ambigüedad con las que se refiere al individualismo metodológico. Creemos, por el contrario, que si su microanálisis no ha tenido más repercusión se debe a que no cuenta con una obra como El queso y los gusanos. Si el éxito de un historiador se mide por el genio que expresa en una obra, como apuntó Marrou; si en la fortuna de una monografía interviene principalmente la escritura, los modos de escritura, y menos los datos y las informaciones con que se inviste, como anotó Marrou y apostilló Veyne; en ese caso, deberíamos convenir en que no hay tal cosa en Grendi. Más aún, como añadía Giovanni Levi (1994), uno de los discípulos más aventajados y agradecidos, su escritura, sometida a una depuración tortuosa, es oscura, "ilegible", poco placentera. Que su obra haya tenido escaso eco no quiere decir, sin embargo, que a Edoardo Grendi no se le cite, pero en este caso, cuando con motivo de la microhistoria, se alude a su persona es porque se le reconoce la paternidad de un oxímoron afortunado ‑‑lo excepcional normal‑‑, oxímoron que compendiaría la tarea cognoscitiva de la perspectiva micro. A esta fórmula retórica, como a las metáforas a las que son tan afines los microhistoriadores, se le ha dado un relieve desproporcionado. Ya lo decíamos en 1993 y sobre ello se pronunció el propio Grendi un año después.



¿Qué era eso de lo excepcional normal? Según leemos en su artículo de 1977, "caratteristicamente lo storico lavora su molte testimonianze indirette: in questa situazione il documento eccezionale può risultare eccezionalmente ``normale'', appunto perché rivelante". Con esta fórmula contradictoria, paradójica, Grendi, más que referirse al objeto de investigación, lo hace para plantearse el problema de las fuentes, polemizando implícitamente con la cuantificación y la serialización características de la historia annalista. Así, su afirmación alude al uso frecuente e inevitable de documentos indirectos o en negativo ante la falta de testimonios explícitos que nos den información de primera mano. En ese caso, lo excepcional puede revelar efectivamente en negativo aquello que definiríamos como normal, pero eso no implicaba que Grendi estuviera defendiendo en 1977 o en 1994 la adopción de casos excepcionales, raros, extravagantes, extemporáneos o periféricos para el estudio histórico. Por eso es por lo que su noción de contexto le sirve para "normalizar" los objetos estudiados; por eso es por lo que, a su juicio, la conducta y las ideas de Menocchio --el molinero que estudiara su rival en El queso y los gusanos-- podían ser analizadas desde la red de relaciones sociales en las que se inserta su vida y no forzando el caso como si éste fuera explicable desde una cultura extracontextual, extralocal. Así se expresaba en 1994 y así concluía haciendo aún más explícita la rivalidad que los enfrentaba.



3. El texto más célebre --el primero pero también el más incompleto-- que Ginzburg ha publicado sobre la microhistoria es el que lleva por título "Il nome e il come", traducido en castellano en los años noventa con el título de "El nombre y el cómo". Es un pequeño ensayo escrito con Carlo Poni y aparecido en 1979, es decir, dos años después de que Grendi defendiera su opción ("Micro-analisi e storia sociale") en la misma revista, en Quaderni storici. ¿Es exactamente un manifiesto metodológico y programático de una nueva corriente, o es, por el contrario, un artículo circunstancial en donde hallamos breves apuntes acerca de lo que sea la microhistoria? Dicho texto fue concebido originariamente como una comunicación presentada en un coloquio celebrado en Roma sobre Annales y la historiografía italiana. Más allá de las comparaciones y de las dependencias que observan entre Italia y Francia, los autores tenían una propuesta, defendían una opción, en concreto un tipo de investigación fundada en el nombre. ¿En el nombre? ¿Qué quiere decir esto? Como decíamos a propósito del paradigma annalista triunfante en los años sesenta y setenta, la serialización y el anonimato eran unos modos específicos --los modos específicos-- de la historia social. Si esa nueva historia social tenía por objeto exhumar la acción de las clases populares, y éstas habían dejado escasa huella de sí, pocos vestigios documentales, François Furet defendía la reconstrucción estadística, una reconstrucción hecha con las grandes magnitudes y ajena por tanto al rastreo personal de los nombres que rotulan una vida. Frente a esta tesis, que llegó a ser palabra de orden entre los annalistas, Ginzburg y Poni sostendrán algo bien distinto, algo que está en evidente sintonía con lo argumentado por Grendi en 1975 y que justamente le había servido para reprochar a Adeline Daumard su cartesianismo. Opuestos a la despersonalización homogeneizadora, a la descontextualización y al olvido del simbolismo que entrañan las acciones y sus productos, Ginzburg y Poni defendían la individualización de la historia: buscar "al mismo individuo o grupo de individuos en contextos sociales diferentes. El hilo de Ariadna que guía al investigador en el laberinto de los archivos --añadían-- es el que distingue un individuo de otro en todas las sociedades que conocemos: el nombre".



La reconstrucción basada en el nombre no abandona necesariamente, según sostienen ambos, la fuente serial o, más aún, la investigación serial. Sin embargo, lo que las diferencia es tomar o no el anonimato como resultado final. En efecto, "el centro de gravedad del tipo de investigación micronominativa que aquí proponemos" persigue a individuos concretos, buscando descubrir "una especie de tela de araña tupida" a partir de la cual es posible obtener "la imagen gráfica de la red de relaciones sociales en que el individuo está integrado". Enunciada así, la conclusión a la que llegaban no era en principio muy diferente a la que había propuesto Grendi. Desde este punto de vista, no debe extrañar, pues, que los autores rescataran el oxímoron de aquél, aunque, en este caso, ampliando polémicamente sus significados. Y ésta es ya una prueba temprana de la distancia que separará a Giznburg de Grendi, una distancia que se hace formal, evidente, explícita en los años noventa. ¿En qué consistían los registros dados ahora a lo excepcional normal? En un primer sentido, "un documento realmente excepcional (y por ello estadísticamente poco frecuente) puede ser mucho más revelador que mil documentos estereotipados". Según otro significado, lo excepcional normal alude a determinados Case Studies y, por tanto, a objetos de investigación que son extraordinariamente extravagantes para nuestro sentido común, pero normales en sociedades precapitalistas, si no de derecho al menos de hecho.



Es en este último punto, en esta última acepción, en los que los autores ensanchan el sentido de lo excepcional normal hasta proponer un tercer registro. Grendi y Ginzburg (y Poni) comparten la personalización ‑‑"il nome"‑‑ del objeto de investigación, para lo cual la reducción microanalítica les parece la más conveniente. De ese modo, se proponen reconstruir la red de relaciones formales o informales de los sujetos, y, en suma, la actividad intencional de los individuos, para lo cual la fuente serial y otras que no consienten la cuantificación pueden ser contempladas desde la misma perspectiva nominal. En definitiva, también hay un interés similar por las aportaciones relevantes de otras disciplinas sociales y, en particular, por la perspectiva antropológica. Ahora bien, a partir de estas coincidencias, Ginzburg y Poni hablan de lo excepcional normal como si este oxímoron implicara también la creación de objetos de investigación definidos a partir de esta cualidad, algo que se aleja de la pretensión originaria de Grendi. La importancia de este último aspecto es capital en la medida en que los autores lo sostienen tres años después de la aparición de El queso y los gusanos y, por tanto, cuando existe un claro referente que puede dar sentido a ese nuevo significado de lo excepcional normal: un extraño molinero, lector contumaz, extravagante y previsible, creador y sabedor de metáforas orgánicas que describen el mundo y su génesis; un excepcional campesino a cuyo interior llegan tradiciones populares de las que ni siquiera es consciente pero a partir de las cuales el historiador se propone reconstruir un pequeño fragmento de la cultura popular y de la cosmogonía moderna. Pero, además, la publicación de "El nombre y el cómo" coincide en el tiempo con la difusión de "Indicios", un célebre ensayo de Ginzburg sobre el paradigma indiciario, un texto en el que, como veremos inmediatamente, se defiende un modelo epistemológico de base conjetural, un modelo en el que el historiador se aventura con hipótesis excepcionales para dar sentido a objetos que también lo son. Esto es, leyendo "El nombre y el cómo" e "Indicios", se tiene la impresión de que constituyen dos racionalizaciones retrospectivas de una investigación que es previa o simultánea; se tiene la impresión de que sirven, entre otras cosas, para defender teóricamente --apelando a lo excepcional normal-- la conversión de un objeto extraño en una vía de acceso al universo corriente de las clases populares y de su cultura.



Por tanto, partiendo de lo excepcional normal son tres los significados que se le atribuyen a la microhistoria, son tres los hallazgos. Uno hace referencia a las fuentes, otro a los objetos de investigación y el último alude al método de conocimiento y a las inferencias a aplicar. En efecto, una cosa es lo excepcional normal en el sentido de Grendi, es decir, el documento no serializable pero significativo por revelador; otra cosa distinta es buscar un objeto de investigación que, por su condición extraña pueda descubrir en negativo o por fragmentos hechos o procesos históricos normales, colectivos; y otra, finalmente, es el indicio como mecanismo de creación de un paradigma cognoscitivo, la huella escasa pero igualmente reveladora a la que hay que dar con audacia un significado. El indicio es característico de determinadas prácticas o disciplinas. Ginzburg describe a este propósito el uso del paradigma indiciario en la crítica de arte para atribuir, mediante signos pictóricos marginales, autorías en disputa o ignoradas (Morelli); en el método detectivesco para hallar las pruebas de inculpación o exculpación de crímenes o delitos (Sherlock Holmes); o en el psicoanálisis para detectar los síntomas --los representantes de las pulsiones-- propios de la psique profunda (Freud). La mirada que convierte un dato en indicio es un mirada basada en la sintomatología o "semiótica" médica: son los ojos de un médico que pueden ver más allá de la epidermis. En efecto, lo que tienen de común los protagonistas o los creadores de esos tres ejemplos es su condición médica. Ginzburg insiste sobre ello estableciendo evidentes analogías entre la historia y la medicina como prácticas basadas en testimonios indirectos, observaciones indiciarias e inferencias conjeturales. Es ésta, la de la analogía entre la historia y la medicina, un tesis antigua, una tesis que reaparece periódicamente, que llega hasta Ginzburg pero de la que se hizo eco contemporáneo un gran helenista, maestro de este historiador e historiógrafo distinguido: Arnaldo Momigliano.



Si aceptamos esta idea, si le admitimos que la historia es la disciplina de lo concreto reconstruido indirecta y oblicuamente, mediante indicios, su método será el de la abducción. Esta última fue analizada y descrita por el filósofo pragmatista Charles S. Peirce. La inferencia abductiva es aquella en la que, poniendo en relación una regla y un resultado, obtenemos un caso; es decir, sabemos que este resultado que alcanzamos puede ser el caso de una regla que hemos sometido a hipótesis. "La deducción prueba que algo tiene que ser; la inducción muestra que algo es actualmente operativo; la abducción sugiere que algo puede ser". En efecto, el proceso abductivo interviene siempre que hay que poner en relación un hecho, al que sólo podemos acceder con pruebas, con testimonios o con indicios, de modo que esa inferencia permita ser verificada. Reconocer que el conocimiento histórico siempre es abductivo no implica caer en una suerte de relativismo. Significa solamente que el historiador no puede acceder de manera directa a una realidad que, por principio, le es opaca, impenetrable, muerta y, por principio, irrestituible, como lo es el crimen y su escenario. Pero su intención es recuperar un pasado que, aunque se le resista, es posible devolver de algún modo al presente. ¿Cuáles son los mecanismos de esta restitución tentativa y parcial? El uso de un material ‑‑la fuente histórica‑‑ que siempre es indirecto, vicario, es decir, un signo. En ese caso, el procedimiento es similar al que desarrollan las disciplinas sintomáticas, esto es, operar con escasas informaciones que, gracias a su atinada descodificación, permitan captar algo de lo que parecía inerte, insignificante, sin sentido. En definitiva, la operación es encontrar los parentescos de significado de un material siempre escaso por naturaleza, ¿Parentescos de significado? ¿De dónde toma Ginzburg esta voz y, sobre todo, los usos que le va a dar?



El historiador es como un sabueso, alguien que olfatea, que desconfía, que sabe de las íntimas e insospechadas relaciones de la realidad, alguien que ve porque sabe mirar, porque sabe buscar. Ocupado de aclarar asuntos extraños o aparentemente carentes de sentido, ese investigador está despierto porque sabe que no puede renunciar a su objeto, porque sabe que debe proponer interpretaciones verosímiles apoyadas en datos empíricos. Es como el detective que basándose en huellas menores avizora conexiones que para otros son simplemente invisibles. ¿Y qué conectaría ese historiador? Los objetos de los que se ocupa Ginzburg son las formas culturales. Por tanto, la mirada de sabueso --la mirada sintomática-- le permitiría trabar relación entre esas formas, próximas o lejanas, inmediatamente afines o históricamente distantes. Si la historia es un proceso en el que los efectos de los actos y de los productos humanos no siempre se agotan ni se olvidan, sino que pueden dilatarse más allá de la consciencia de sus responsables, es posible hallar consecuencias, traslados y contagios constatables en la larga duración. Si, además, esos actos y esos productos están sometidos a la cárcel de un estructura social y cultural de la que son emanación, en ese caso los objetos tratados pregonan en voz alta corrientes que son subterráneas o alejadas en el tiempo. El ejemplo más célebre de este tratamiento histórico es el de Menocchio, el molinero de El queso y los gusanos; el más extremo es el que hallamos en Historia nocturna. De ese modo, lo que empezó siendo la historia de un individuo se revela al final como la historia de una colectividad o, mejor, como la historia de una cultura popular cuyas corrientes subterráneas emergen en cualquier espacio de la humanidad allá en donde se dan las condiciones de expresión, allá en donde se condensan o confluyen.



En ese caso, pues, Menocchio es o puede ser tomado como un síntoma, como el dato revelador de algo que lo trasciende, como el signo de algo que está ausente pero del que sería expresión parcial o representación. El historiador lo toma, pues, como una vía de ingreso, como ese punto concreto y expedito que permite, al modo de Verne, acceder al centro de la tierra. Los datos que hacen del molinero un caso --y que en principio parecen corresponder al delirio o a lo inexplicable-- son las informaciones de partida y las conexiones con las que el historiador se aventura son las interpretaciones resultantes. Pero...¿conectar con qué? Si es extraño, excepcional en el sentido corriente de la expresión, ¿cuáles serán la fuentes de esa concepción tan extravagante? La audacia de Ginzburg trataría de aclarar un caso "raro" y el modo de que sirve es, como anticipábamos, el de los parecidos de familia. Esa expresión es propia de la morfología y, en esta acepción, la morfología es una disciplina fundada sobre Vladimir Propp a la que Ginzburg le empareja Ludwig Wittgenstein. Lo dice expresamente en Mitos, emblemas, indicios y lo dice como el descubrimiento personal que es, como el hallazgo doctrinal de un modo de proceder que es antiguo y que él mismo practicaba pero del que no tenía los referentes claros. Tal y como lo insinúa, es el Wittgenstein que hizo comentarios a La rama dorada de Frazer el que, en efecto, completa esa mirada morfológica de la que él es portador. La mirada morfológica es la de quien se ocupa de encontrar filiaciones entre formas (en este caso, culturales) próximas o distantes, formas que rompen las barreras contextuales más cercanas y que de manera latente o manifiesta aparecen y reaparecen periódicamente. Por eso, más allá de la verosimilitud de la conexión, más allá de que se la aceptemos o no, Ginzburg ve más proximidad entre el universo cultural de Menocchio y los Vedas que entre el molinero y sus contemporáneos y vecinos.



Es por eso por lo que cuando en "El nombre y el cómo" se proclama el análisis nominal que permita restaurar las relaciones de un individuo no tenemos por qué tomarlo en el sentido de Grendi. No es que Giznburg postule una investigación de relaciones sociales que, al modo de la red, nos dé la pista de las interacciones cotidianas. Al hablar de relaciones aquí, en este contexto, lo que debemos entender es, pues, aquel repertorio de conexiones internas de ese molinero de la que es depositario, guardián o simple portador. Frente a un microanálisis propiamente social, que es en definitiva el que se expresaría en la obra de Grendi, Ginzburg opta por una microhistoria cultural. El interés de este último es, en efecto, el de la historia cultural, aunque una historia cultural bien peculiar --como vemos-- y que, en concreto, toma como objeto a la propia de las clases subalternas, en lenguaje gramsciano. Este hecho tiene unas repercusiones especiales que nos permiten entender mejor y ahora el modo que tiene de utilizar las fuentes. La documentación expresa, diría Ginzburg, "las relaciones de fuerza entre las clases de una sociedad determinada", y esto se verifica silenciando o deformando la cultura de aquéllas. Pero, a la vez, muchas de esas fuentes recogen incluso la voz de quienes fueron sus víctimas: las actas inquisitoriales --añade por ejemplo en "Il inquisitore come antropologo"-- son polifónicas y de las respuestas forzadas, entrecortadas o incoherentes de los encausados puede extraerse una información y una percepción del mundo.



Desde esta perspectiva, la consecuencia es doble: por un lado, cualquier vestigio de esa realidad cultural sometida puede ser tomada como una vía excepcional, pero esa condición no excluye de entrada que de algún modo pueda pregonar la normalidad sobre la que se solapa; por otro, se necesita depurar más y mejor las verificaciones documentales y los criterios en los que se basan para que no concedamos un relieve excesivo a la cultura dominante. Por tanto, Ginzburg se enfrenta a una documentación "heterogénea" y "desequilibrada" ‑‑es decir, no serial‑‑, frente a la cual propone nuevos instrumentos analíticos. Esa preocupación, que ya aparece en las primeras obras de Ginzburg, y que se va perfilando en su estudio de objetos de investigación absolutamente excepcionales, parece encontrar su correlato metodológico en "Indicios". En este último texto, el autor, al repasar el procedimiento indiciario, se apropia de un modelo inferencial ‑‑la abducción‑‑ que no está pensado sólo para lo excepcional, pero que él había aplicado o aplicaría en el futuro para casos extraordinarios. Así, por ejemplo, cuando en su Pesquisa sobre Piero justifica la tarea investigadora que se ha propuesto ‑‑jugando en el título con las dos acepciones que la palabra tiene‑‑, no encuentra mejor metáfora que la del escalador que se enfrenta a una pared vertical a la que debe hacer frente con escasísimos recursos y con pocos clavos. Al final, al problema de identificar el carácter abductivo de la investigación histórica con la pesquisa a través de indicios excepcionales que revelarían algo oculto igualmente excepcional, se añade el fundamento discrecional de esta operación: la intuición.



La intuición es la que establece los parecidos de familia, por decirlo con el Wittgenstein "morfológico". Es decir, Ginzburg sabe que su método no consiente un proceso de verificación completa, sino que admite un margen amplio ‑‑"un rigor elástico"‑‑ en donde interviene el olfato, el golpe de vista, la sospecha fundada, la filiación aventurada aunque hábil y verosímilmente presentada. Enfrentado a fuentes heterogéneas, fragmentarias, que albergan informaciones deformadas sobre casos extraordinarios en las que lo que predomina es la incertidumbre, el paradigma indiciario no puede ser sino intuitivo, elástico. Aspiramos a la verdad pero sólo contamos con datos inconexos, con huellas escasas. Como añadía Momigliano, la historia se asemejaría en este caso a la medicina y a la retórica, esto es, opera con la verdad --acierta o no acierta siendo su prueba la sanación del enfermo--, pero debe presentarse de tal modo, debe mostrarse de tal modo, que su oficiante persuada, que se deposite en él el crédito que merece. Es decir, el hallazgo está guiado por la idea reguladora de la verdad, está sometido al principio normativo y deontológico de lo verdadero; pero, dado que se trata de un logro audaz debe dársele fuerza persuasiva y verosimilitud, de suerte que alcancemos --como apostillaba Giznburg en "Montrer et citer"-- la evidentia in narratione. Por eso, por un lado, el historiador puede combatir expresamente el escepticismo y el relativismo: hay una realidad histórica de la que quedan vestigios recuperables que nos permiten acceder aunque sea parcialmente a un mundo antiguo. Pero, por otro, postula la fuerza de la retórica, la consciencia de un modo expresivo, enunciativo, que haga convincente el hallazgo. ¿Quiere eso decir que, a la postre, el poder de persuasión es lo que da consistencia a la conexión, a la conjetura?



Ginzburg se ha defendido de esta deriva sofística o escéptica sosteniendo que la retórica no es sólo encandilar con artificios o artimañas, como se entiende en su acepción ciceroniana. Retórica es también, añade pro domo sua, el arte de la convicción basado en pruebas, de acuerdo --concluye-- con el sentido aristotélico que esta techné tenía. Sin embargo, opondríamos nosotros, la fuerza persuasiva que tienen ciertos pasajes de El queso y los gusanos no son resultado de la prueba entendida al modo de la retórica aristotélica, sino de la verosimilitud, del dramatismo o, simplemente, de la imaginación estética con que reviste la escena o la conjetura. En ese caso, pues, los logros de la obra dependerían estrechamente de la cualidad personal, de la capacidad individual que el historiador tenga para revelar ese pasado, para hacerlo persuasivo, para ubicarnos allí. Esto no quiere decir necesariamente que "invente", sino que los mismos datos, las mismas informaciones se transmiten de tal modo que el relato nos traslada empáticamente al escenario. Por eso, frente al desinterés que Grendi manifiesta por la narración, por adoptar el problema del relato como asunto central de la microhistoria, Ginzburg lo hace uno de sus instrumentos básicos. En efecto, además de por otras razones, el éxito de El queso y los gusanos --y por extensión de la escritura del autor-- se debe a la forma narrativa. Como sabemos desde Emile Benveniste, el historiador clásico de los griegos es el que estuvo allí y, por tanto, fue testigo directo de lo que aconteció y por eso nos lo transmite con gran poder de convicción, haciendo hablar a los protagonistas y dando carnalidad, profundidad y zozobra a los contendientes. Esto último es lo que, por ejemplo en nuestro siglo, con el triunfo de la historia científica, parece haberse perdido. Los historiadores habrían cedido esta noble tarea a otros profesionales y sólo en fecha reciente habrían recuperado esta meta antigua que, en principio, no tiene por qué ser incompatible con la verdad y con la explicación.



Los antropológos, por ejemplo, de quienes tanto han aprendido los historiadores de las últimas décadas, son aquellos que basan su fuerza persuasiva en la observación participante, en el hecho simple pero esencial de haber estado allí, hecho sobre el que se ha extendido Geertz en una obra célebre (El antropólogo como autor) en la que desvela el recurso retórico de la presencia. Pues bien, la narración de Ginzburg atrae, seduce, porque, según determinados procedimientos, la impresión que extrae el lector es que el narrador le conduce hasta allí, a aquel lugar inaccesible espacial y temporalmente. Hay dramatismo, hay escenificación, hay actuación y hay observación. Y hay, además, conjeturas razonables y aventuradas, interpretaciones autoriales que detienen el relato y que dan la medida de una imaginación y de una intuición audaces. Se expresaría como un investigador que conforme narra añade también las conexiones que dan sentido a las huellas inconexas con las que tropezó en principio. De eso, el mejor ejemplo es el que encarna Sherlock Holmes, pero por extensión también los otros dos "detectives" (Dupin y Peirce) a los que reunieron Eco y Sebeok. Se expresaría también como un psicoanalista que debe enfrentarse ante síntomas censurados, deformados y a los que tiene que dar orden y coherencia, filiación y causa. Los casos clínicos de Freud, con interpretaciones disputadas, discutidas, son sobre todo espléndidos relatos que dan congruencia a unos representantes de pulsiones emergidos anárquicamente, por asociación libre. La narración es orden y el historiador también puede ser un autor.







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Resumen: historiografía, microhistoria, narración, discurso histórico, autor.

En este artículo nos aproximamos a lo que hacen y a lo que dicen que hacen los microhistoriadores italianos. Constamos una paradoja: cuando mayores son su éxito internacional y su resonancia historiográfica, es justamente cuando ellos mismos decretan su muerte, cierran la colección que les sirvió de canal de difusión y admiten finalmente la disparidad de sus formas y quehaceres. Analizamos esa disparidad, sobre todo a partir de la obra de Edoardo Grendi y Carlo Ginzburg, y contrastamos lo que nosotros mismos decíamos en 1993 y lo que los microhistoriadores han dicho después, en 1994. Uno de los aspectos que los distinguen y que da la medida exacta de su éxito y de su fracaso es la atención desigual que prestan a la escritura de la historia, a la técnica de exposión y al modo de transmisión de las informaciones. La historia --sostienen estos investigadores italianos-- es la búsqueda de la verdad basada en pruebas, es evidentia in narratione; pero es también --aunque no siempre lo admitan-- rétórica, persuasión y dramatismo. Por eso, parafraseando a Geertz, podríamos añadir que, al igual que el antropólogo, también el historiador es un autor.



Abstract: historiography, microhistory, narrative, historical speech, author.



In this article approach us what the italian microhistorians do and to what they say that they do. We do evident a paradox: when greater are their international success and their historiographical resonance, is exactly when they same decree its death, they close the collection that served them of canal of diffusion and admit finally the disparity of its forms and tasks. We analyze that disparity, above all as of the work of Edoardo Grendi and Carlo Ginzburg, and we resist what we same said in 1993 and what the microhistorians they have said later, in 1994. One of the aspects that distinguish them and that gives the exact measurement of their success and of their failure is the uneven attention that they lend to the scripture of the history, to the technique of exposition and along the lines of transmision of the informations. The history --maintain these Italian investigators -- is the search of the truth based on proofs, is evidentia in narratione; but is also --although not always they admit it -- rethorical, persuasion and dramatism. Therefore, according to Geertz, would be able to add that, to the the same as the antropologist, also the historian is an author.